Prefacio y Nota del Autor

PREFACIO

La solución al problema de Shakespeare, que es el propósito de las páginas siguientes, fue encontrada mientras la Gran Guerra Europea estaba en pleno desarrollo, y era mi deseo dar plena publicidad al asunto inmediatamente después del cese de hostilidades. Ya que esto resultó impracticable, hubo que tomar medidas, tanto como para asegurar que los resultados logrados no se perdieran, como para salvaguardar lo que, yo creía, era mi prioridad en el descubrimiento. Con estos objetivos, un anuncio del simple hecho del descubrimiento, omitiendo todos los detalles, fue hecho en noviembre de 1918 a sir Frederick Kenyon, bibliotecario del Museo Británico, y él se dispuso muy gustosamente a recibir, de manera extraoficial, un sobre sellado que contenía la declaración sobre el tema. Como más de un año ha pasado desde que el depósito fue hecho, y nadie más se ha pronunciado con la misma solución, no es probable que surja ahora el tema de la prioridad y, por lo tanto, con la publicación de la presente obra, el propósito del documento depositado naturalmente expira. Mi primer deber debe ser, entonces, expresar la profunda deuda que tengo con sir Frederick Kenyon por haberme librado de la ansiedad mientras desarrollaba más el argumento y llevaba a cabo esta publicación.

Fue a mi cuñado, el señor M. Gompertz, Licenciado en Letras, director de la Escuela Superior del condado, Leytonstone; y a mi amigo el señor W. T. Thorn, a quienes primero envié una declaración de evidencias, y su completa aceptación de mi solución ha sido la fuente de mucha confianza y aliento. Con ellos estoy también en deuda por su asistencia práctica; con el primero en especial por la revisión de las pruebas, y con el segundo por su valioso trabajo en el índice.

La relación del señor Cecil Palmer con esta empresa ha sido mucho más que la de editor. Cuando el caso le fue presentado, aceptó sus conclusiones con entusiasmo, e hizo suyo el argumento. Mi deuda personal con él es, por lo tanto, considerable.

Una de las grandes deudas que tengo que reconocer es más impersonal: a saber, con la Biblioteca de la Sociedad Literaria y Filosófica de Newcastle-upon-Tyne. El sistema único con el que esta institución se conduce ha hecho posible una facilidad y rapidez de trabajo que probablemente habría sido imposible en cualquier otra institución del país.

Tengo también que reconocer con mucha gratitud mi deuda respecto a los retratos que era importante que la obra contuviera: a Su Majestad el Rey, por el permiso de reproducir la miniatura de sir Philip Sidney en el castillo de Windsor; a Su Gracia el duque de Portland, no solo por el permiso de reproducir, sino también por las facilidades, ofrecidas espontánea y graciosamente, para obtener una buena copia de su retrato de Edward de Vere en la abadía de Welbeck; a los fideicomisarios de la National Portrait Gallery por permisos similares respecto a los retratos de Lord Burghley y Sir Horace Vere; y al señor Emery Walker, F.S.A., por amablemente concederme el permiso de uso de varias fotografías y grabados de estos retratos.

Ahora, entrego los resultados de mis investigaciones para que enfrenten las penurias del examen público. Aunque he tratado de considerar a todas las escuelas de pensamiento como agentes en la causa única de la verdad, sería en verdad esperar demasiado que, al tratar con asuntos tan controversiales, haya evitado herir susceptibilidades. Me entrego a la generosidad de mis lectores en caso de cualquier defecto de este tipo. No deseo, sin embargo, que se me considere inmune de la crítica justa y útil, ni tampoco espero escapar de la crítica menos amable; pero, si al final logro ver que la verdad prevalece, y un acto de reparación es efectuado para con un gran inglés, quedaré satisfecho.

J. Thomas Looney.

15 de diciembre de 1919.

---

NOTA PRELIMINAR

Al discutir la autoría de las obras y poemas de Shakespeare, es necesario cuidarse de la ambigüedad que está asociada al nombre “Shakespeare”.

Siguiendo el ejemplo de los baconianos y de sir George Greenwood, he escrito la palabra con una “e” en la primera sílaba y con una “a” en la sílaba final: “Shakespeare”, cuando me refiero al autor, quienquiera que haya sido; y sin aquellas dos letras, es decir: “Shakspere”, cuando me refiero a la persona hasta ahora acreditada con la autoría. Con la adición del nombre de pila en el último caso, y de otras maneras, he tratado de acentuar esta distinción.

En conexiones inmateriales es usualmente empleada la primera forma, y en las citas generalmente se sigue la ortografía del original.

© de la trad: A. Peña

Comentarios

Entradas populares