Capítulo I
La visión estratfordiana
Ex nihilo nihil fit
[De la nada, nada surge]
A pesar de los esfuerzos de los estratfordianos ortodoxos por menospreciar las investigaciones que se han llevado a cabo en torno a la cuestión de la autoría de los dramas de Shakespeare —quizá, en efecto, a causa misma del tono que han adoptado—, el número de británicos y estadounidenses, por no hablar de las nacionalidades no angloparlantes, que no creen que William Shakspere de Stratford haya producido la literatura que se le atribuye, crece de manera constante. Fuera del círculo de aquellos que se han comprometido profundamente en la prensa, es hoy en día difícil encontrar a alguien que goce de una fe plena y segura. Al mismo tiempo, el recurso de los pocos fieles a expresiones de desprecio al hablar de sus oponentes indica claramente una inquietud incluso entre los literatos más ortodoxos.
El
desafortunado “criptograma” de Ignatius Donnelly, aunque ha tendido a
desacreditar la investigación a ojos de quienes poseen una disposición seria
hacia el estudio, no ha logrado anular del todo los efectos de la crítica
negativa con la que abre su trabajo. A esto se ha sumado la labor de escritores
de la talla de Lord Penzance, el juez Webb, sir George Greenwood y el profesor
Lefranc, elevando el problema a un nivel que no permite despacharlo a la ligera
sin, con ello, poner en entredicho la capacidad y el juicio de los polemistas
que insisten en ofrecer artificio en lugar de argumento. Tal es, sin embargo,
asunto de ellos. El sentido común de la mayoría de los estudiosos de
Shakespeare, cuando no está condicionado por compromisos previos, conduce de manera
irresistible al rechazo de la antigua idea de la autoría; y solo los doctos del
viejo culto literario permanecen a la zaga.
No
obstante, queda mucho por hacer antes de que la hipótesis estratfordiana esté
lo suficientemente moribunda como para ser dejada de lado. Y aunque esta obra
está dirigida principalmente a quienes buscan una hipótesis más razonable, o a
quienes, habiéndose despertado a la conciencia de la existencia del “Problema
Shakespeare”, estén dispuestos a tomarse la molestia de examinar imparcialmente
lo que otros ya han escrito sobre el tema, el presente argumento probablemente
quedaría incompleto sin un tratamiento más explícito del punto de vista
estratfordiano que el dado en el cuerpo principal del tratado. Al mismo tiempo,
es imposible presentar por completo el argumento antiestratfordiano sin
aumentar enormemente el volumen de la obra. Además, dado que tenemos que
exponer un argumento positivo muy definido, deseamos evitar el peligro de
desviar la atención hacia él dando una prominencia innecesaria al argumento
negativo tan hábilmente tratado por escritores anteriores. Ese argumento
negativo, como su actual contraparte constructiva, es acumulativo y, como todo
argumento acumulativo sólido, recibe con casi cada nuevo hecho descubierto en
relación con él una corroboración y una confirmación adicionales. Cuánto de
este material acumulado sea necesario presentar antes de que el caso pueda
considerarse plena y adecuadamente expuesto dependerá, en gran medida, de la
disposición y las parcialidades de quienes lo reciban.
Aunque
los treinta años transcurridos desde la aparición de la obra de Ignatius
Donnelly han sido testigos de notables desarrollos del argumento crítico, la
plena fuerza de las primeras cien páginas de su primer volumen no ha sido aún
debidamente apreciada. Permitir que una repugnancia comprensible hacia su
trabajo del “criptograma” se interponga en el camino de un examen serio del
material que reunió a partir de fuentes intachables, como Halliwell-Phillipps y
otros de reconocida capacidad e integridad, es quedarse rezagado en el espíritu
de la investigación científica desapasionada. Bastarán, por lo tanto, unas
pocas horas dedicadas a sopesar con calma el material contenido en sus
capítulos iniciales —a pesar de su carácter incompleto— para convencer probablemente
a la mayoría de que la hipótesis estratfordiana descansa sobre los cimientos
más inseguros: diferenciándola por completo de todos los demás casos destacados
de autoría inglesa en tiempos históricos, como, por ejemplo, Chaucer, Spenser y
Milton. El carácter excepcional de muchos de los hechos que ha recopilado, la
multiplicidad de los fundamentos para rechazar la hipótesis y la coherencia
general de los diversos argumentos se combinan todos para formar una
justificación única de una actitud negativa hacia la visión convencional. Una
mera repetición en estas páginas de lo que otros han escrito no añadiría mucho
a su fuerza; dedicar tiempo a exponer su unidad sería intentar hacer por otros
lo que cualquier mente reflexiva que pretenda juzgar el caso debería hacer por
sí misma.
Lo que es
cierto en el caso presentado por Ignatius Donnelly probablemente tiene aún
mayor fuerza cuando se aplica al trabajo de quienes han tratado este problema
en años más recientes. Sería perfectamente gratuito insistir en la agudeza
analítica de Lord Penzance y, por tanto, poco menos que una impertinencia
descartar a la ligera sus opiniones en asuntos que implican la evaluación de
evidencias. En consecuencia, cuando los nuevos argumentos que él presenta y las
nuevas conexiones que es capaz de señalar en argumentos previos están marcados
por la misma coherencia y conducen a las mismas conclusiones generales que las
de otros escritores competentes, tanto antes como después de su tiempo, podemos
afirmar que se ha logrado una forma de lo que podría llamarse investigación
autorizada, que libera a los investigadores posteriores de repetir todos los
pormenores mediante los cuales se han alcanzado esos resultados generales. En
otras palabras, se ha establecido una cierta base de autoridad: no, por
supuesto, una autoridad absoluta e infalible, sino una autoridad relativa,
práctica, funcional, como la que estamos obligados a aceptar en los asuntos
teóricos no menos que en los asuntos activos de la vida.
Cuando,
por ejemplo, tres eminentes juristas ingleses nos dicen que las obras de
Shakespeare demuestran un conocimiento experto del derecho que difícilmente
podría esperarse que William Shakspere poseyera, sería una extrema necedad por
parte de quien no es abogado desgastarse y ocupar espacio reuniendo evidencias
para probar el mismo punto. Ninguna cantidad de pruebas que pudiera recopilar
tendría el mismo valor que la declaración autorizada de esos hombres. Podría,
si lo desea, afirmar que los abogados no han defendido bien su argumento, o
podría coincidir con la conclusión general y discrepar de la teoría de que el
autor fue un miembro activo de la profesión legal. Pero si coincide con ellos
en el asunto principal, no puede servir a su causa de ningún modo volviendo a
recorrer el terreno que estos expertos ya han cubierto.
Asimismo,
cuando, además de estos escritores, contamos con autoridades de la escuela
opuesta que coinciden en que el autor de las obras poseía un conocimiento
directo de los clásicos —incluyendo pasajes que no formarían parte del
currículo de un escolar—, sería una afectación por parte de un escritor que no
reclama para sí un saber especializado en los clásicos volver a exponer los
pormenores, o intentar añadir a lo ya dicho algún fragmento menor extraído de
sus propias y escasas reservas. Del mismo modo, estamos ahora en posición de
afirmar, sin necesidad de aportar nuevamente toda la evidencia en que se ha
basado esta conclusión, que el autor de las obras y poemas de “Shakespeare”
poseía un conocimiento del francés idiomático, y muy probablemente una familiaridad
lectora con la lengua italiana, que William Shakspere no podría haber adquirido
en Stratford; y, lo que quizá sea tan importante como cualquier otra cosa,
empleaba como vehículo habitual de su pensamiento un inglés del más alto nivel
educativo, completamente libre de todo provincialismo.
El
“Problema Shakespeare”, sostenemos, ha llegado ya a un punto en el que tales
resultados sintetizados pueden presentarse a los lectores con la seguridad de
que estas conclusiones cuentan con la sanción de hombres de probidad y
capacidad incuestionables: liberando así al investigador moderno de la labor de
repetir todos los pormenores a partir de los cuales se han obtenido estas
conclusiones. Y aunque no cabe esperar que estas declaraciones sumarias y
dogmáticas convenzan al hombre que afirma haber estudiado a los autores que
hemos mencionado y, aun así, mantiene intacta su ortodoxia, probablemente
bastarán para el lector medio o la mayoría de los hombres. Las fes ortodoxas,
sin embargo, suelen ser intrínsecamente más débiles cuanto más vehementemente
se las afirma; y la persistencia de la fe estratfordiana probablemente se deba
mucho menos a su fuerza inherente que a la ausencia de una mejor alternativa
que poner en su lugar.
Quienes
han tenido ocasión de estudiar los problemas shakesperianos coincidirán,
creemos, en que la obra más fiable en lo que respecta a los pormenores de la
vida de William Shakspere de Stratford es Outlines de
Halliwell-Phillipps. Escribiendo en 1882, seis años antes de la aparición del
trabajo de Donnelly, el problema de la autoría shakesperiana parece no haberlo
tocado nunca; y por eso, aunque era un estratfordiano convencido, escribe con
perfecta libertad y franqueza, sin disimular nada y sin rehuir hacer admisiones
que algún baconiano o escéptico posterior pudiera usar en contra del sujeto de
su biografía. Sin querer desmerecer a las biografías posteriores, escritas en
la atmósfera refractante de la controversia, podemos describir Outlines
de Halliwell-Phillipps como la biografía más honesta de William Shakspere que
se haya escrito hasta ahora.
II
Dado que la raíz principal del problema shakespeariano ha sido siempre la dificultad de reconciliar los antecedentes de William Shakspere (en la medida en que se conocen o pueden inferirse razonablemente) con los rasgos particulares de la obra literaria que se le atribuye, debería bastar con señalar que la afirmación de la que parte la mayor parte del argumento antiestratfordiano está abundantemente respaldada por Halliwell-Phillipps. La suciedad y la ignorancia, según esta autoridad, eran rasgos sobresalientes de la vida social de Stratford en aquella época y se habían estampado de manera muy marcada en la vida familiar bajo cuya influencia creció William Shakspere. Tanto el padre como la madre eran analfabetos, dejando sus marcas en lugar de firmas en documentos legales importantes; y la primera aparición del padre en los registros del pueblo fue con ocasión de ser multado por haber acumulado una cantidad de inmundicia frente a su casa, habiendo “pocas excusas para su negligencia”. Tanto por las condiciones formativas de su hogar.
Por otra parte, en lo que respecta a la educación pedagógica, no hay vestigio alguno de evidencia de que William Shakspere haya puesto un pie en una escuela ni siquiera un solo día; y, considerando el analfabetismo de sus padres y el hecho de que la capacidad de leer y escribir era condición de admisión en la Escuela Libre de Stratford, es evidente que existían serios obstáculos para que obtuviera siquiera la educación inferior que ofrecían las escuelas en pequeños lugares provincianos de aquellos días. Sobre esta dificultad de cumplir con los requisitos mínimos para la admisión a la escuela, Halliwell-Phillipps comenta: “Había pocas personas viviendo en Stratford-upon-Avon capaces de iniciarlo en estos logros preparatorios... pero es tan probable como improbable que el poeta recibiera sus primeros rudimentos de educación de chicos mayores”. Las generaciones posteriores de escolares han preferido pasatiempos más emocionantes
Es imposible negar que las ventajas educativas generales de Robert Burns —incluyendo, como debemos, el nivel intelectual de la vida campesina en Escocia en su época, las circunstancias familiares y el carácter de sus padres— fueron en todo superiores a lo que existía en Stratford y en el hogar de William Shakspere dos siglos antes. El siguiente comentario de Ruskin —de quien es imposible sospechar de “heterodoxia”— no estará, por lo tanto, fuera de lugar en este punto:
“Hay cualidades atractivas en Burns y cualidades atractivas en Dickens, que ninguno de esos escritores habría poseído si el uno hubiese sido educado y el otro hubiese estado estudiando una naturaleza superior a la del Londres cockney; pero esas cualidades atractivas no son tales como las que deberíamos buscar en una escuela de literatura. Si queremos enseñar a los jóvenes una buena manera de escribir, deberíamos enseñarla a partir de Shakespeare, no de Burns; de Walter Scott y no de Dickens”. (The Two Paths)
Esta afirmación de Ruskin, hecha sin referencia alguna a cuestiones controvertidas, ofrece un testimonio especial del hecho de que las cualidades literarias distintivas de Shakespeare son la antítesis directa de aquellas que pertenecen a un gran genio poético como Burns, cuyo talento le permitió alcanzar la eminencia a pesar de sus humildes comienzos. Difícilmente se puede, además, abrir la más breve reseña biográfica del poeta escocés sin encontrarse con un testimonio del mismo hecho. Tomemos, por ejemplo, el siguiente pasaje de la primera semblanza que nos viene a la mano:
“Burns fue esencialmente ‘uno del pueblo’ por nacimiento, educación e instintos… ha sido acogido con más afecto que ningún otro (si acaso exceptuamos al bardo de Avon, cuyos admiradores pertenecen de manera más exclusiva a las clases educadas).”
Espontáneamente, esta comparación entre los dos poetas surge en la mente de casi cualquier escritor que se ocupa especialmente de uno de ellos y conduce siempre a un contraste respecto del punto particular con el que aquí tratamos.
La obra de Shakespeare, si se la observa sin referencia alguna a la personalidad del autor, jamás habría sido tomada como obra de un genio que surgió de un entorno inculto. Las únicas condiciones que habrían podido compensar en alguna medida las desventajas iniciales de las que padecía William Shakspere habrían sido un abundante suministro de libros y amplias facilidades para un estudio detenido de los mismos. Sin embargo, se admite generalmente que, incluso si asistió a la escuela, debió de abandonarla a temprana edad para ayudar a su padre, cuyas circunstancias se habían vuelto apremiantes, y que tuvo que dedicarse a ocupaciones no intelectuales y, con toda probabilidad, de carácter embrutecedor. Y lejos de poder compensar todo esto mediante los libros, el lugar es descrito como “un vecindario sin libros”. “La copia de la Historia inglesa en letra gótica… en la sala del padre, jamás existió fuera de la imaginación”. Incluso después de terminada su carrera en Londres y de haberse retirado a Stratford como el supuesto mayor escritor de Inglaterra, la situación probablemente no era mejor: “Cualquier cosa que se pareciera a una biblioteca privada, incluso de las dimensiones más reducidas, era entonces de la mayor rareza, y que Shakespeare (William Shakspere) haya poseído una en cualquier momento de su vida es sumamente improbable”. El doctor Hall —yerno de Shakspere— poseía, sin embargo, en 1635 lo que llamaba su “estudio de libros”, “el cual probablemente incluía cualquiera que hubiese pertenecido a Shakespeare. Si así fue, el erudito doctor no consideró que valiera la pena mencionarlo”. (Outlines, de Halliwell-Phillipps).
En contraste con todo esto, consideremos los siguientes pasajes de la breve reseña biográfica ya citada, del poeta que, en cuestiones puramente educativas, es colocado muy por debajo de “Shakespeare”:
“Cuando tenía seis años de edad, el poeta (Burns) fue enviado a una escuela en Alloway Mill. Más tarde, su padre, en conjunto con varios vecinos, contrató a un joven llamado John Murdock, acordando pagarle un pequeño salario trimestral y alojarlo por turnos en sus casas. Los muchachos eran instruidos por él en lectura, escritura, aritmética y gramática. […] El señor Murdock partió luego a otro empleo (y) el padre se encargó de enseñar a sus hijos aritmética a la luz de las velas en las noches de invierno. […] Burns fue (a Murdock) una semana antes de la cosecha y dos después de ella para repasar sus estudios. […] La primera semana se dedicó a la gramática inglesa y las otras dos a un coqueteo con el francés. […] Burns se entregó a este nuevo estudio con tal empeño y éxito que, según su hermano, podía traducir a cualquier autor de prosa ordinaria; y sabemos que hasta el final le gustaba intercalar en su correspondencia frases en ese idioma. Y cuando se le ocurrió intentar, en la vida posterior, una composición dramática, entre los libros que encargó desde Edimburgo había una copia de Molière. […] Además, había leído y asimilado a temprana edad muchos libros valiosos y algunos voluminosos. Su padre había tomado prestados libros para su lectura, además de su propio y reducido acervo; y las familias adineradas de Ayr, así como familias humildes más cercanas, le dieron libre acceso a los libros que deseara leer. (Entre los libros que leyó de este modo estaban) […] La vida de Aníbal, La Gramática geográfica de Salmon, La Fisico-Teología de Derham, The Spectator, la Ilíada de Pope, las Meditaciones de Hervey, el Ensayo sobre el entendimiento humano de Locke, y varias obras de teatro de Shakespeare
”En su decimonoveno verano fue enviado a la Escuela Parroquial de Kirkoswald para aprender medición, topografía, etc. […] En estas materias progresó notablemente. […] El maestro gozaba de gran fama local como matemático […] La estancia del poeta en Kirkoswald lo había mejorado mucho. Había ampliado considerablemente sus lecturas; se había ejercitado en el debate y había sentado una base firme para una expresión fluida y correcta […] Durante tres o cuatro años después de esto […] en Lochlea […] siguió ampliando sus lecturas y se entregó ocasionalmente a la composición en verso.” (William Gunnyon: Reseña biográfica de Robert Burns).
No hace falta decir que los pormenores dados en esta reseña no son las generosas inferencias de admiradores modernos, sino que provienen de los testimonios debidamente autenticados del propio Burns, de su hermano, de sus maestros y de otros contemporáneos. Sin embargo, con tal preparación, en una época en que los libros se habían vuelto tan accesibles; con su rapidez de comprensión, su genio y su respeto por las cosas buenas que solo los libros podían darle, Robert Burns sigue siendo el tipo del genio inculto; mientras que Shakspere, cuya supuesta obra se ha convertido en la fuente misma del inglés culto —fijando y modelando el idioma más que cualquier otra fuerza individual—, surge de la miseria y la ignorancia sin dejar rastro del proceso o los medios por los que logró tal hazaña extraordinaria. Burns muere a la edad de treinta y siete años, dejando pruebas notables de su genio, pero ninguna obra maestra del tipo que nace de una amplia experiencia y de facultades plenamente maduradas. Shakspere, antes de llegar a los treinta años, es acreditado como autor de dramas y grandes clásicos poéticos que revelan una experiencia de la vida vasta y prolongada. Incluso en un detalle como la mera caligrafía, el contraste se mantiene. Burns nos deja muestras de escritura que habrían satisfecho las exigentes demandas de Hamlet y merecido los elogios que los primeros editores de las obras de “Shakespeare” otorgaron al autor de las piezas teatrales. William Shakspere nos deja, en cambio, muestras de caligrafía tan malformada que Sir E. Maunde Thompson se ve obligado a suponer que, antes de la redacción de sus primeras grandes obras y durante toda su temprana vida en Stratford, había tenido muy pocas oportunidades para ejercitar su escritura.
El tipo excepcional de vida que habría sido necesario para producir un “Shakespeare” en condiciones tan desfavorables lo habría distinguido sin duda de sus contemporáneos. Sin embargo, ningún registro, ni siquiera tradición alguna de su juventud, sugiere a un estudiante o a un joven intelectualmente destacado entre quienes lo rodeaban. Sobreviven tradiciones acerca de las floridas oratorias con las que, siendo carnicero, mataba a una oveja, y de sus andanzas y desventuras como cazador furtivo; constan registros precisos de su matrimonio forzado a los dieciocho años con una mujer ocho años mayor que él, así como graves indicios de que, tras el nacimiento de mellizos algunos años después, la abandonó. Estos hechos constituyen el conjunto de registros referentes a los años formativos de su vida.
Después de narrar las tradiciones y registros tan triviales de la vida temprana de William Shakspere, sir Walter Raleigh, eminente profesor de literatura en Oxford, comenta:
“Es la pura vanidad del escepticismo dejar todo esto de lado en favor de una maraña de fantasías eruditas”.(Shakespeare, colección English Men of Letters).
III
El contraste entre las circunstancias
toscas y analfabetas de su vida temprana y el carácter altamente cultivado de
la obra que se le supone haber producido no es, sin embargo, el aspecto más
sólido de este argumento en particular; aunque, por sí solo, bastaría para
haber suscitado serias dudas. La fuerza convincente de este argumento basado en
el contraste solo se siente plenamente cuando se comprende con claridad que la
carrera de William Shakspere se divide naturalmente en tres períodos, y no en
dos. Tenemos el período inicial en Stratford, que ya hemos señalado; un período
intermedio, durante el cual se supone que residió principalmente en Londres y
produjo la extraordinaria literatura a la que debe su fama; y un período final,
transcurrido, como el primero, en la insalubre atmósfera intelectual de
Stratford. Y es la existencia de esta serie de tres períodos la que proporciona
los datos para un examen científico y riguroso del problema.
El hecho que, una vez comprendido, nos llevará con mayor rapidez a una resolución definitiva de esta cuestión es que el período final de su vida en Stratford contrasta tan marcadamente con el supuesto período intermedio en Londres como el primero, y bajo el mismo aspecto, pero de manera mucho menos explicable. La acción de fuerzas y agentes ocultos podría, en parte, explicar la juventud oscura que florece de pronto como el escritor más culto de su tiempo. Pero, dado el renombre literario que se supone ganó, ¿cómo explicar la reversión al registro no intelectual de su período final en Stratford? Pues es tan carente de un “después” de gloria literaria como el primer período lo fue de toda promesa. Habiendo, según se supone, por virtud de un genio inconmensurable, escapado de un ambiente tosco y analfabeto para situarse en la misma vanguardia del mundo literario e intelectual, regresa todavía en la plenitud de su vida, y probablemente siendo aún relativamente joven, a su entorno original. Durante los últimos dieciocho años de su vida se le describe a sí mismo como “William Shakspere, de Stratford-upon-Avon”; y, sin embargo, con una residencia tan prolongada allí, con los dones intelectuales que se le atribuyen, con la fuerza de carácter que habría sido necesaria para elevarlo en primer lugar, pasa su vida entre un simple puñado de personas sin dejar la menor huella de sus eminentes facultades, ni el más mínimo fruto de sus supuestos logros y emancipación intelectual sobre nadie ni sobre nada en Stratford. En la vida agitada y concurrida de Londres es posible ocultar tanto los defectos como las cualidades de la personalidad, y los hombres pueden pasar fácilmente por lo que no son; pero un hombre de excepcionales facultades intelectuales, mejoradas por una hazaña extraordinaria de autoinstrucción, difícilmente podría dejar de producir una profunda impresión de sí mismo en una pequeña comunidad de personas, en su mayoría incultas, como la que entonces constituía la población de Stratford. Cuando, además, se nos dice que ese hombre vivía en cierto momento con un gasto de 1.000 libras al año (8.000 libras de hoy) —y Sir Sidney Lee no ve nada improbable en la tradición—, la idea de que un hombre así pudiera vivir en tal lugar, con tal estilo, y no dejar rastro alguno de sus facultades e intereses distintivos en los registros de la comunidad es el tipo de historia que, estamos convencidos, los hombres prácticos se negarán a creer cuando se la enfrenten de manera directa.
Si hubiera salido de Stratford en 1587 siendo un patán ignorante y regresado diez años después sin haber aprendido durante su ausencia nada más que cómo hacerse con dinero y conservarlo, no hay absolutamente nada en los registros de todos sus asuntos en Stratford que tuviera que haber sido, en el más mínimo grado, diferente de lo que es. Hubo al menos un hombre en Stratford que sabía escribir con buena caligrafía, y él dirigió una carta a Shakspere mientras este estaba en Londres. Esta es la única carta que se ha conservado de todas las que pudieron habérsele dirigido a Shakspere en el curso entero de su vida, y el lector puede ver un facsímil de ella en el libro Shakespeare’s England. Sin embargo, su único propósito es negociar un préstamo de 30 libras, y no contiene la menor sugerencia de alguna comunidad intelectual entre los dos hombres. Esta carta reaparece en circunstancias que justificarían plenamente la sospecha de que el propio Shakspere no había sido capaz de leerla. No se ha descubierto indicio alguno de que haya sido respondida, ni existe el menor rastro de carta alguna de su puño y letra a cualquier otra persona en Stratford. No queremos decir meramente que no se haya conservado ninguna carta autógrafa, sino que no hay mención de carta alguna, ni rastro de una sola frase o palabra reportada como dirigida a alguien durante todos esos años, como mensaje personal del que se nos pide creer que fue la pluma más fácil de Inglaterra. Según toda autoridad estratfordiana, vivió y trabajó durante muchos años en Londres mientras dirigía un cúmulo de importantes negocios en Stratford. Luego vivió durante muchos años retirado en Stratford mientras seguían apareciendo en Londres obras teatrales de su pluma. En total, siguió este plan de vida dividido durante casi veinte años (1597-1616); un plan que, si alguna vez en este mundo los asuntos de un hombre hubieran requerido cartas, habría implicado una gran cantidad de correspondencia, de haber podido escribir; sin embargo, no existe el menor indicio de que haya escrito carta alguna, ni en registros auténticos ni en la más imaginativa de las tradiciones. Y la gente que cree esto todavía insiste en ostentar el monopolio del juicio sensato.
Regresa a este “vecindario sin libros” siendo, se supone, uno de los hombres más ilustrados de la cristiandad; y, sin embargo, ni siquiera el Rumor, cuya generosa invención ha creado tanta “biografía” para él, ha asociado sus años de retiro con una sola insinuación de libros o actividades relacionadas con ellos. Poseyendo, se presume, una mente rebosante de ideas y cofres llenos a rebosar, no hay indicio alguno de empresa alguna en la que se interesara para disipar la oscuridad intelectual de la comunidad en la que vivía. Habiendo, se supone, realizado una gran obra refinando y elevando el drama en Londres, y teniendo así a su disposición un instrumento poderoso para iluminar y humanizar la vida social de las mil quinientas almas que en aquel tiempo formaban la población de Stratford, no se registra que llenara jamás su ocio con una ocupación tan afín como montar una obra para el pueblo de Stratford o interesarse de algún modo en los asuntos dramáticos de la pequeña comunidad; ni siquiera, cuando las obras fueron prohibidas, alzó su voz o usó su pluma en protesta.IV
No hay alivio a este tipo de registro a lo largo de todos los años de su residencia final en Stratford. Por fin, se acerca el final. El gran genio se enfrenta a la muerte y hace arreglos para la disposición de sus asuntos cuando su propia mano haya sido apartada. Evidentemente contempla con ansiedad el futuro, tomando las más cuidadosas previsiones para la transmisión de sus bienes a través de su hija “Susanna Hall… y después de su fallecimiento al primer hijo de su cuerpo… y a sus herederos varones… y en caso de falta… al segundo hijo y a sus herederos… y al tercer hijo… y al cuarto hijo… y al quinto hijo… y al sexto hijo… y al séptimo hijo… y en caso de falta a su hija Judith, y a los herederos varones de su cuerpo… y en caso de falta a los herederos legítimos del dicho William Shackspeare, para siempre”. Luego dispone con cuidado de su “segunda mejor cama”, su “gran cuenco de plata dorada”, sus “bienes, enseres, arrendamientos, platería, joyas y objetos domésticos”.
Solo una disposición del testamento conecta al testador con su carrera en Londres, aunque como actor, no como dramaturgo. Dejó a sus “compañeros” Heminge, Burbage y Condell 1 libra, 6 chelines y 8 peniques a cada uno para comprar anillos. Halliwell-Phillipps, al reproducir el testamento, pone en cursivas las partes que no habían estado al principio, sino que fueron intercaladas posteriormente: y este legado a sus “compañeros” es una de esas intercalaciones. Como su esposa, a quien dejó su “segunda mejor cama”, los actores con quienes había estado asociado solo fueron incluidos como una ocurrencia tardía, si no como resultado de una sugerencia directa de otros. Esta es la conexión que se utilizó para la publicación de la edición del First Folio de las obras de “Shakespeare”, resultando en lo que ha sido reconocido como una reclamación puramente ficticia de responsabilidad por parte de los dos supervivientes. Sin embargo, nadie —ni siquiera Ben Jonson, cuya participación en la publicación ha sido tan destacada— se atrevió a sugerir que el reputado autor le había confiado la publicación de las obras. Si tal tarea les hubiera sido confiada, es inconcebible que hubieran omitido mencionarlo. Ellos afirman, sin embargo, que por consideración a su memoria, habían reunido por iniciativa propia los manuscritos de las obras y los habían publicado. Además, relatan su versión de manera tan torpe e inconsistente que Sir Sidney Lee admite la inexactitud de su historia. “John Heming y Henry Condell”, dice, “fueron nominalmente responsables del proyecto, pero parece que fue sugerido por otros… los dos actores pretendieron una responsabilidad mayor de la que en realidad asumieron, pero sus motivos… eran sin duda irreprochables”. A esta falsa pretensión, obsérvese, “el honesto Ben Jonson” fue parte. El camuflaje fue, por supuesto, tan legítimo como cualquier otro método para ocultar la autoría; pero cuando se afirma que Ben era demasiado honesto para engañar deliberadamente al público, solo podemos responder que el hecho está ahí y no puede negarse. Podemos añadir también —lo que no puede decirse de todos los que han querido usar el nombre de Ben para apuntalar el estratfordianismo— que Ben era un humorista. Sus motivos, como los de Heminge y Condell, “eran sin duda irreprochables”. El punto que importa aquí, sin embargo, es que la manera de la publicación deja fuera de toda duda el hecho de que William Shakspere de Stratford no hizo disposición alguna para ella. La ausencia total de cualquier mención, ya sea de sus albaceas o de un solo miembro de su tan cuidada familia entre los diez nombres que aparecen relacionados con la publicación, revela la misma relación completamente negativa de todo lo estratfordiano hacia la literatura shakesperiana.
Dado que se ha mencionado a Ben Jonson, la última esperanza de los estratfordianos, resulta notable —o más bien habría sido asombroso, si hubiera alguna verdad en el estratfordianismo— que el único contemporáneo literario de Shakspere con quien se supone que este tuvo relaciones íntimas, el espíritu afín que, acompañado de Drayton, se supone pagó la única visita que alivió el aislamiento intelectual de su autoimpuesto exilio —con resultados fatales, sin embargo, pues la tradición dice que Shakspere bebió en exceso y murió a consecuencia de ello—, este buen camarada y espíritu afín no tenga mención alguna en un testamento que lega varios anillos conmemorativos y otros recuerdos a sus amigos.
Además de los legados a su familia y lo que probablemente sea la remuneración a los dos supervisores del testamento, deja su espada al señor Thomas Combe, y dinero para comprar anillos conmemorativos a Hamlett Sadler, William Raynolds, John Hemynges, Richard Burbage y Henry Condell. Sin embargo, todos estos legados de anillos conmemorativos aparecen como interpolaciones en el testamento: a lo sumo, como una ocurrencia tardía. Pero ni siquiera en sus ocurrencias tardías hay lugar para el querido viejo Ben. Se nos asegura que estas interpolaciones se habrían hecho durante su última enfermedad. En cualquier caso, debieron haberse hecho durante los últimos tres meses de su vida, pues el documento original lleva la fecha del 25 de enero de 1616. Luego “enero” es tachado y se sustituye por “marzo”, de modo que las modificaciones se hicieron hasta un mes antes de su muerte. Seguramente, entonces, si hubiera alguna pizca de verdad en estas tradiciones, Ben Jonson habría estado en su mente en ese momento.
Otra tradición sostiene que Shakspere fue padrino del hijo de Ben, e incluso se han conservado detalles tradicionales de bromas amistosas sobre el asunto. Sin embargo, entre los legados aparece uno de veinte chelines a un ahijado llamado William Walker, pero no se hace mención alguna del otro ahijado, el hijo de Ben. Es evidente que Ben Jonson y su hijo —el reputado camarada literario y el ahijado, respectivamente, del gran poeta y dramaturgo— no contaban para nada a los ojos de William Shakspere; y el estratfordianismo que se basa en una supuesta intimidad personal entre ambos hombres está del todo desconectado de la realidad: exactamente la misma ausencia de “realidad” que caracteriza el tributo humorístico de Jonson a “Shakespeare” en los ahora célebres versos que acompañan el llamado retrato de “Shakespeare” en la edición del First Folio de las obras.
Si, entonces, hay alguna verdad en la tradición de la visita de Jonson a William Shakspere poco antes de la muerte de este último, ella tiene toda la apariencia, a la luz de los respectivos papeles que Jonson, Heminge y Condell desempeñaron en la publicación de la edición del First Folio, de haber tenido algo que ver con la proyectada publicación: siendo posiblemente la intercalación de los nombres de los actores en un testamento ya redactado uno de los resultados de aquella visita. La ausencia del propio nombre de Jonson en el testamento fue, bajo esta suposición, un grave defecto en el arreglo: los responsables evidentemente no eran expertos en el arte del subterfugio. Fue la pérdida de la última oportunidad de incorporar en los registros de Stratford de William Shakspere algo o alguien relacionado con la literatura contemporánea: una pérdida que todos los esfuerzos de Jonson, años después de la muerte de Shakspere, no pudieron reparar. Los respectivos papeles que Ben Jonson y William Shakspere debían desempeñar en esta comedia final habían sido, evidentemente, muy mal ajustados.
La verdadera función desempeñada por Jonson en este asunto apenas entra en el ámbito de la presente etapa de nuestro argumento. El hecho importante es que hubo subterfugio en la manera de publicar la edición del First Folio, y que de este subterfugio Ben Jonson fue partícipe. Hay razones de peso para creer que la introducción firmada por los actores Heming y Condell fue composición del propio Jonson. La inconsecuencia general de su actitud ha sido expuesta por sir George Greenwood; y cualquier argumento basado en una supuesta exactitud histórica literal y en la falta de ambigüedad de las declaraciones de Jonson carece de fundamento; la aplicabilidad literal de tales declaraciones a William Shakspere queda refutada por el propio testamento de Shakspere.
La omisión en el testamento de toda mención de libros, reforzada aún más por el silencio del doctor Hall respecto a cualquier libro de Shakspere que hubiera pasado a su posesión, confirma la impresión de que William Shakspere nunca había poseído ninguno; a pesar del hecho, ya señalado, de que solo mediante un recurso inusual a los libros habría podido compensar sus desventajas iniciales.
Finalmente, al examinar el texto mismo del testamento como documento literario, surge naturalmente la pregunta sobre la presencia de huellas del arte de “Shakespeare”. El conocimiento del derecho que “Shakespeare” poseía y su interés en sus sutilezas y técnica hacen imposible suponer que un documento de tal naturaleza pudiera haberse ejecutado en su nombre sin su participación en la redacción. Y, sin embargo, todo el documento es exactamente lo que un abogado, en el curso ordinario de sus negocios, habría redactado para cualquier otro hombre. La única parte en la que podría haberse revelado la personalidad del testador es el pasaje inicial, que reza:
Desde la primera palabra de este documento hasta la última no hay el más mínimo rastro ni del intelecto ni del estilo literario del hombre que escribió los grandes dramas.
No hace falta decir que la caligrafía del testamento es obra de los abogados profesionales; pero al final encontramos el único caso registrado de que él haya puesto jamás su pluma sobre el papel en Stratford. Durante todos esos años había vivido en Stratford, comprando y vendiendo, prestando dinero, enjuiciando deudores, ocupándose de transacciones aisladas que implicaban el movimiento de sumas de dinero equivalentes a miles de libras en valores actuales, lo que ha resultado en la preservación de las firmas o “marcas” de las personas con las que trataba; pero no se ha descubierto jamás una sola firma de Shakspere en relación con esos asuntos de Stratford. No es sino hasta llegar a la firma de su testamento, en el último año de su vida, que encontramos un ejemplo de su caligrafía en los registros de Stratford. Firmó su testamento. Hay tres firmas, cada una en una página distinta del documento; y, con excepción de una parte de una de ellas, constituyen probablemente una de las rarezas más llamativas en materia de escritura que puedan encontrarse en cualquier lugar. Sir E. Maunde Thompson, cuyo trabajo sobre La caligrafía de Shakespeare atestigua abundantemente su fe en el hombre de Stratford, admite que si estas tres firmas hubieran aparecido en documentos separados, habríamos estado justificados al suponer que fueron escritas por tres manos distintas. Con la única excepción que trataremos en breve, el conjunto del trabajo está tan miserablemente ejecutado que bien podría tomarse por la obra de un niño que intenta copiar una escritura que apenas comprende. Se asemeja más bien al esfuerzo de un hombre analfabeto que ha intentado aprender a escribir su propio nombre, sin haberlo logrado del todo, y que lucha con el proceso, probablemente con una copia delante de él.
Tan descabellado es suponer que esta sea la caligrafía normal del gran dramaturgo, que los apologistas recientes han sugerido como explicación que en sus últimos años sufrió de parálisis: ignorando el hecho de que las palabras iniciales de su testamento son una afirmación de su “perfecta salud y memoria”, y el hecho adicional de que, aunque logró producir algún tipo de firma estando supuestamente aquejado de parálisis, parece no haber producido ninguna en absoluto cuando no padecía de tal aflicción. Evidentemente, la parálisis le había sido beneficiosa. Sir E. Maunde Thompson, sin embargo, no propone la teoría de la parálisis; y con muy buena razón: pues la parte excepcional, a la que ya se ha hecho referencia, no podría haber sido escrita por alguien tan afectado. Esta parte consiste en tres palabras, “By me William” (“Por mí, William”), que preceden al nombre “Shakspeare” en la firma principal del testamento. Tenemos aquí un único ejemplo de caligrafía experta que contrasta de manera tan abrumadora con toda la demás escritura de Shakspere que resulta profundamente perturbador para el ortodoxo estratfordiano.
Admitir francamente que las palabras “By me William” no fueron escritas por la misma mano que escribió el resto de la firma y las demás firmas equivaldría a hacer que toda la estructura del estratfordianismo se viniera abajo. La teoría de Sir E. Maunde Thompson es que el testador estaba muy enfermo en ese momento, que comenzó a escribir en un instante de recuperación temporal y que decayó cuando llegó a escribir “Shackspeare”. Pero el contraste entre las dos partes de la firma es demasiado grande para aceptar tal explicación, y el contraste es igualmente grande entre este fragmento particular de caligrafía experta y la totalidad del resto. Este es, sin embargo, un punto en el que la mera discusión puede hacer poco. Reproducciones fotográficas de estas firmas pueden verse en Life of William Shakespeare de Sir Sidney Lee; en Shakespeare’s Penmanship de Sir E. Maunde Thompson; en Bacon is Shakespeare de Sir Edwin Durning-Lawrence; y en Shakespeare’s England; y el examen más superficial de ellas convencerá a cualquiera, creemos, de que el contraste concuerda más fácilmente con la teoría de que hubo al menos dos manos trabajando en estas firmas que con cualquier otra teoría. Esto, por supuesto, no prueba que realmente hubiera dos manos trabajando; pues los escritores recién mencionados, con una excepción, naturalmente rechazarían dar su asentimiento a tal inferencia, a pesar de las apariencias sospechosas.
Debe mencionarse otro punto en relación con estas firmas del testamento. Halliwell-Phillipps indica que en el primer borrador del testamento solo se habían previsto disposiciones para el “sello” de Shakspere, no para su firma en absoluto. La palabra “sello” fue luego tachada y sustituida por “mano”. Esto, por sí solo, podría no haber tenido gran importancia; pero, tomado junto con el hecho de que en ningún documento previo de Stratford había aparecido una firma, da un considerable fundamento a la suposición de que los abogados que preparaban sus documentos no estaban acostumbrados a que él los firmara. Considerando, además, la laxitud de la época en lo que respecta a los testamentos —laxitud a la que dan testimonio las diversas tachaduras e interlineaciones sin rubricar de este testamento—, junto con el carácter peculiar de las firmas cuando por fin aparecieron, todo este trabajo de “firmas” bien podría haberse hecho después de que el documento había pasado completamente fuera de las manos del abogado, no habiendo testigos de las firmas.
“Con respecto a las tachaduras e interlineaciones, unas pocas pueden haber sido obra del escribano… pero algunas son obviamente el resultado de las instrucciones personales posteriores del testador… En aquellos días había tal laxitud en todo lo relacionado con las formalidades testamentarias que no habría surgido inconveniente alguno de tales expedientes. Nadie, salvo en un litigio posterior, habría soñado con hacer… ninguna pregunta en absoluto. A los funcionarios no les importaba admitir a la legalización una simple copia de un testamento carente de las firmas tanto del testador como de los testigos.” (Halliwell-Phillipps.)
Aunque no fueron escritos en Stratford, hay otras tres firmas de Shakspere que pertenecen a su período final en Stratford. La primera de ellas fue hecha en Londres en 1612, y las otras dos en relación con su compra de la propiedad de Blackfriars en 1613; de modo que no se ha encontrado ni un solo trazo de su pluma previo al final de su supuesto período literario. Sobre la primera, Sir E. Maunde Thompson dice que es claramente obra de un hábil calígrafo. Sobre la segunda, dice que podría tomarse como obra de un hombre inculto; esto lo atribuye a nerviosismo. La tercera está hecha en un estilo tan completamente diferente de las otras que considera inútil utilizarla para un examen experto de la caligrafía; parece atribuirla a una “perversidad deliberada”. Aunque, entonces, no afirma directamente que podrían tomarse como obra de tres escritores diferentes, sus observaciones equivalen a eso. Y así podemos resumir toda la escritura que ha llegado hasta nosotros de la mano de quien se supone fue el mayor de nuestros escritores ingleses. Todo lo que tenemos son seis firmas sin conexión alguna con asunto literario alguno. Todas ellas fueron realizadas en los últimos años de su vida, después de que sus grandes tareas literarias habían concluido; y están escritas de tal manera que, cuando son examinadas por nuestro principal experto en la materia —quien es completamente ortodoxo en sus opiniones sobre la autoría—, parecen como si pudieran haber sido obra de seis hombres diferentes. Al mismo tiempo, entre esta escritura hay algunas muestras que parecen el esfuerzo de una persona sin educación, y solo una firma (la de 1612) tiene algún valor real para el estudio de la caligrafía. A esto añadiríamos como una convicción personal inquebrantable, apoyada por las opiniones de muchos a quienes hemos consultado, que las firmas son testimonio de que él recibió ayuda de otros en el acto mismo de firmar su propio nombre. La conclusión general a la que apuntan estas firmas es que William Shakspere no era diestro en el manejo de la pluma, y que contó con la ayuda de otros para intentar ocultar este hecho.
Como última observación sobre la cuestión de la caligrafía debemos señalar la ausencia de una firma importante. La escritura misma de compra de la propiedad de Blackfriars —un documento que antes estaba en posesión de Halliwell-Phillipps pero que ahora se encuentra en América—, aunque es el más importante de los tres documentos relacionados con la transacción, solo tiene el “sello” de Shakspere, no su “firma”. En otras palabras, su participación fue exactamente la que habría tenido un hombre completamente analfabeto acostumbrado a poner su “marca” en los documentos; tal como lo habían hecho su padre y su madre, y como su hija Judith continuó haciendo. Es sobre lo que Halliwell-Phillipps llama un duplicado de este documento, ahora en la Biblioteca Guildhall, donde aparece la firma que Sir E. Maunde Thompson dice que podría haber sido obra de un hombre sin educación: una firma que al lector común le parece terminada por otra mano. La firma de la “perversidad deliberada” está en la escritura de hipoteca, ahora en el Museo Británico, y para cualquiera, excepto para un estratfordiano, es evidentemente una falsificación consentida.
Considerando entonces los tres períodos de la carrera de William Shakspere en su relación entre sí, tenemos un período inicial y un período final que son perfectamente homogéneos en el aspecto completamente negativo que presentan a toda consideración literaria. Entre ellos tenemos un período intermedio en el que se le atribuyen las mayores obras de la literatura inglesa. Los dos períodos extremos y homogéneos pertenecen a su residencia en un mismo lugar, en perfecta concordancia con sus propios registros no literarios durante su estancia allí. El período intermedio, con el cual nos ocuparemos en detalle más adelante, se presenta en marcado e inédito contraste con sus extremos, y fue vivido en una parte completamente distinta del país. Con nuestras comodidades actuales, agencias de noticias y medios de comunicación, quizá nos resulte imposible darnos cuenta de cuán remoto estaba Stratford de Londres en los días de la reina Isabel. Tenemos, sin embargo, pleno derecho a sostener que su separación, en lo que respecta al contacto personal, estaba en plena concordancia con el papel que William Shakspere estaba llamado a desempeñar.
En lo que respecta a la transición de una etapa a otra, pocos negarían que, si el William Shakspere que se había criado en Stratford, que fue obligado a casarse a los dieciocho años con una mujer ocho años mayor que él, y que al nacer sus mellizos abandonó a su esposa, produjo a los veintinueve años un poema extenso y elaborado en el inglés más pulido de la época, demostrando un vasto y preciso conocimiento de los clásicos, y más tarde los sublimes dramas shakesperianos, habría realizado una de las más grandes —si no la más grande— obras de autodesarrollo y autorrealización que el genio haya permitido jamás a hombre alguno llevar a cabo. Por otro lado, si, después de haber realizado una obra tan milagrosa, este mismo genio se retiró a Stratford para dedicarse a casas, tierras, huertos, dinero y malta, sin dejar rastro de un solo interés intelectual o literario, habría logrado sin duda la mayor obra de autonegación en los anales de la humanidad. Es difícil creer que, con un comienzo semejante, pudiera haber alcanzado las cimas que se supone alcanzó; es aún más difícil creer que, con logros tan gloriosos en su período intermedio, pudiera haber descendido al nivel de su período final; y con el tiempo se reconocerá plenamente que es imposible creer que el mismo hombre pudiera haber realizado dos hazañas tan enormes y mutuamente destructivas. En resumen, el primer y el último período en Stratford están demasiado en armonía entre sí, y son demasiado antagónicos al supuesto período intermedio para que los tres sean creíbles. La situación representada por el conjunto se halla completamente fuera de la experiencia humana general. La perfecta unidad de los dos extremos justifica la conclusión de que el período intermedio es una ilusión: en otras palabras, William Shakspere no escribió las obras que se le atribuyen. Parodiando el dictamen de Hume en otro contexto, es contrario a la experiencia que tales cosas sucedan, pero no es contrario a la experiencia que el testimonio —incluso el testimonio del raro y honesto Ben Jonson— sea falso. La cuestión de la culpabilidad la dejamos a los absolutistas éticos.
Las circunstancias que rodearon la muerte de Shakspere están en plena consonancia con todo lo que se sabe —y lo que se ignora— acerca de su período final. El supuesto poeta-actor, el más grande de su raza, murió en la abundancia pero sin ningún reconocimiento contemporáneo. Spenser, su gran contemporáneo poeta, “un hombre arruinado y de corazón roto”, que murió, como dijo Jonson, “por falta de pan”, fue, sin embargo, “enterrado en la Abadía de Westminster, cerca de la tumba de Chaucer, y su funeral corrió a cargo del conde de Essex”. (Dean Church.)
Burbage, su gran contemporáneo actor, murió casi al mismo tiempo que la reina (esposa de Jacobo I), en marzo de 1618-19, y “el pesar por su pérdida pareció hacer que los hombres olvidaran mostrar el duelo debido a la muerte de una reina. La ciudad y el teatro se vistieron de luto… Los hombres vertieron su duelo… y un sentido homenaje a su encanto vino de la pluma del mismísimo gran lord Pembroke.” (Mrs. Stopes: Burbage.)
La muerte de William Shakspere pasó completamente desapercibida para la nación. Ningún poeta compañero derramó lamentos. El conde de Southampton, a quien se supone que inmortalizó, no mostró interés alguno. Durante siete años, salvo por su misterioso “Monumento de Stratford”, permaneció “sin llanto, sin honra, sin canto”. Mrs. Stopes atribuye este abandono a su retiro: lo que respalda la idea que ahora sostenemos, a saber, que su retiro implicó la ruptura de todos los lazos literarios y dramáticos que pudiera haber tenido.
Por fin el silencio se rompe. El primer tributo a su memoria viene de la pluma de Ben Jonson, quien muchos años después escribe que había “amado al hombre, de este lado de la idolatría, tanto como a cualquiera”. Durante siete años, debemos suponer, la pena por la pérdida de un amigo tan incomparable había estado oculta en su alma. Entonces se presenta una gran ocasión. Las obras completas de su ídolo van a ser publicadas y Ben es invitado a proporcionar las palabras de apertura del histórico volumen. Ahora, por fin, su largo duelo contenido debe hallar expresión apropiada. Y estas son sus palabras:
"La figura que veis, aquí trazada,fue para Shakespeare esculpida en bronce;
el grabador luchó con la Naturaleza
por superar la vida en su trabajo.
Oh, si hubiera podido dar al metal su ingenio
tan bien como su rostro ha aquí fijado,
la imagen habría superado en arte
a todo cuanto el bronce ha conocido.
Mas, como no pudo, lector, no mires
su efigie silenciosa, sino su libro."
Estas palabras están dirigidas “Al Lector”; y el lector que pueda descubrir un rastro de afecto genuino, de dolor o de “idolatría” en estos versos posee una facultad a la que el autor presente no puede aspirar. ¿Quién no desearía ser preservado de semejante idolatría fúnebre? La opinión de sir George Greenwood, según la cual Jonson tenía en mente a dos personas distintas cuando hablaba de “Shakespeare”, parece la más plausible. No nos adentraremos en la discusión sobre lo que Ben pudo o no haber querido decir con los versos anteriores; pero como primera referencia impresa a un genio fallecido que también habría sido objeto de intensa afección personal, las palabras son una burla palpable. Y, sin embargo, las referencias posteriores y muy tardías de Jonson a “Shakespeare” constituyen la última trinchera del estratfordianismo.
V
Llegamos ahora al período intermedio de William Shakspere. Insertado entre dos poco gloriosos períodos en Stratford, ¿cuáles son los hechos reales de su carrera en Londres en relación con las obras que lo han hecho famoso? No es como actor, ni como director de escena o de teatro —siendo esta última una ocupación puramente hipotética—, ni siquiera como autor de obras para el teatro contemporáneo, sino como autor de obras literarias que ha ganado renombre. Como tal, Sir Sidney Lee nos asegura que no tuvo participación alguna en la publicación de ninguna de las obras que se le atribuyen, sino que “se sometió sin queja al saqueo generalizado de sus obras y a la atribución a su nombre de libros escritos por otras manos”. La ausencia de toda participación en la publicación de las obras que, como literatura, han inmortalizado su nombre, es ciertamente una enorme laguna en sus registros literarios desde el principio.
Además, aunque se ha considerado necesario atribuir la primera composición de sus obras a los años 1590-1592 —de otro modo, no habría habido tiempo suficiente para su producción—, la primera de la serie no fue publicada hasta 1597, ni ninguna con el nombre de “Shakespeare” hasta 1598. Antes de ese momento, sin embargo, New Place, en Stratford, ya se había convertido en la residencia establecida de William Shakspere.
“No hay duda de que New Place (Stratford) fue desde entonces (a partir de 1597) aceptado como su residencia establecida. A comienzos del año siguiente, el 4 de febrero de 1598, aparece registrado como tenedor de diez cuartos de trigo en el distrito de Chapel Street, aquel en el que estaba situada la propiedad recién adquirida, y en futuros documentos ya no se le describe como londinense, sino siempre como William Shakespeare de Stratford-upon-Avon.” (Halliwell-Phillipps.)
Evidentemente, entonces, no vivía en ese tiempo bajo la mirada pública ni participaba libremente en los círculos dramáticos y literarios. Sir Sidney Lee nos dice que Shakspere “con gran magnanimidad, finalmente pagó” el dinero. Si el reclamante hubiera sido un particular, podría haber habido generosidad en pagar una cuenta que no podía ser exigida legalmente; pero no es fácil asociar “magnanimidad” con el pago de impuestos. Debemos suponer entonces que o bien el dinero era efectivamente adeudado, o bien fue pagado para evitar problemas. Si el dinero era debido, entonces William Shakspere había intentado defraudar; si el dinero no era debido, resulta un poco curioso saber qué inconvenientes especiales podrían haber surgido de disputar la reclamación. Cada registro que tenemos de él prueba que no era el tipo de hombre que se sometería a una exacción ilegal sin razones muy sustanciales. El punto es pequeño en sí mismo; pero, en relación con lo misterioso de sus movimientos en Londres, adquiere su debida importancia.
La ausencia de información precisa con respecto a la ubicación real, el período y la forma de su residencia establecida en Londres es otra de las grandes lagunas en el registro.
Desde el momento en que fue descrito como William Shakspere de Stratford-upon-Avon (1597), no existe prueba de que estuviera domiciliado en Londres en ningún lugar, mientras que las pruebas de su residencia en Stratford desde esa fecha en adelante son irrefutables y continuas. Claramente, nuestras concepciones sobre su residencia en Londres necesitan una revisión completa. Parecería que se ha intentado construir una carrera londinense para él a partir de los escasos datos conocidos de su vida real combinados con las necesidades de la supuesta autoría, y a partir de este material no ha sido posible formar una imagen coherente. Para dejar este hecho más claro, colocaremos juntas dos oraciones de Outlines de Halliwell-Phillipps:
“No fue hasta el año 1597 que la reputación pública de Shakespeare como dramaturgo estuvo lo suficientemente establecida como para que los libreros desearan asegurarse los derechos de autor de sus obras.”“En la primavera de este año (1597) el poeta hizo su primera inversión en bienes raíces con la compra de New Place… (que) debía ser en adelante aceptada como su residencia.”
Según los estratfordianos modernos, vivió en Londres como hombre famoso durante dieciséis años después de esto (1596-1612) sin revelar nunca su lugar fijo de residencia.
En 1597 comienza en serio la publicación de las obras. En 1598 empiezan a aparecer con el nombre de “Shakespeare” adjunto. Desde entonces hasta 1604 fue el período de máxima actividad de publicación durante la vida de William Shakspere: y este gran período de publicación “shakesperiana” (1597-1604) corresponde exactamente con el período más ocupado de William Shakspere en Stratford.
En 1597 comenzó los negocios relacionados con la compra de New Place. Se produjeron complicaciones y la compra no se completó hasta 1602. “En 1598 adquirió piedra para reparar la casa, y antes de 1602 había plantado un huerto frutal.” (S. L.) En 1597 su padre y su madre, “sin duda bajo la guía de su hijo”, comenzaron un pleito “para la recuperación de la finca hipotecada de Asbies en Wilmcote… (que) se prolongó durante algunos años.” (S. L.) “Entre 1597 y 1599 (estuvo) reconstruyendo la casa, llenando los graneros de grano y llevando a cabo varios procesos legales.” (S. L.)
En 1601 murió su padre y él asumió la propiedad de este. El 1 de mayo de 1602 compró 107 acres de tierra cultivable. En septiembre de 1602, “Walter Getley transfirió al poeta una cabaña y un jardín situados en Chapel Lane, frente a los terrenos bajos de New Place.” “Ya en 1598 Abraham Sturley había sugerido que Shakespeare (William Shakspere) comprara los diezmos de Stratford.” En 1605 completó la compra “de un plazo no vencido de estos diezmos.” “En julio de 1604, en el tribunal local de Stratford, demandó a Philip Rogers, a quien había suministrado desde el marzo anterior malta por un valor de £1 19s. 10d., y el 25 de junio le prestó 2 chelines en efectivo.”
En un registro personal del que falta tanto, podemos asumir con justicia que lo que sabemos de sus tratos en Stratford constituye solo una pequeña parte de sus actividades allí. En consecuencia, frente a la afirmación de que este hombre fue el autor y genio rector del magnífico torrente de literatura dramática que en esos mismos años irrumpía en Londres, el registro comercial que acabamos de presentar sería considerado en casi cualquier tribunal del país como prueba de una coartada. El carácter general de estas transacciones comerciales, incluso en detalles tales como prestar la insignificante suma de 2 chelines a una persona a la que le vendía malta, sugiere en todo momento su contacto directo y continuo con los pormenores de sus negocios en Stratford; mientras que la única transacción monetaria que lo conecta con Londres durante esos años —la recuperación de una deuda de 7 libras de John Clayton en 1600— podría ser fácilmente el resultado de una breve visita a la metrópolis, o simplemente la labor de un agente. Las licencias concedidas en 1603 a la compañía de actores en la que aparece el nombre de “Shakespeare” no requerían su presencia; y el hecho de que su nombre, tal como aparece en esos documentos, esté escrito “S-h-a-k-e-s-p-e-a-r-e” (es decir, igual que en las ediciones impresas de las obras), mientras que esta ortografía no es la de sus propias firmas ni la de algunos de los documentos importantes de Stratford, respalda la sugerencia de que estos asuntos fueron arreglados por la misma persona responsable de la publicación de las obras; aunque, como ya hemos señalado, William Shakspere no tuvo parte en esa publicación. Además, estas licencias no eran para uso inmediato, sino para “cuando la peste disminuyera”. Y como, además, su nombre figura en segundo lugar, queda claro que no era el director principal de la compañía de actores.
Así pues, mientras todo en los registros de William Shakspere sugiere que residía permanentemente en Stratford durante los años importantes de la publicación de las obras, todo en las propias obras indica un autor que vivía en aquel tiempo en contacto íntimo con la vida teatral y literaria de Londres. Tan fuerte es la presunción a favor de este último hecho que ningún escritor de ninguna escuela se ha atrevido aún a sugerir lo contrario. Al atribuir la autoría a William Shakspere ha sido imperativo asumir una residencia fija en Londres durante esos años decisivos. Lo máximo que podría admitirse sería un viaje ocasional a Stratford; y esto, a pesar del misterio en torno a su paradero y actividades en Londres, del hecho de que siempre se le describiera como “de Stratford” y nunca “de Londres”, y de la gran cantidad y naturaleza especial de sus asuntos comerciales en Stratford.
Si, entonces, William Shakspere, el presunto autor de las obras, no fue enviado a Stratford para apartarlo de en medio en el momento en que el público literario se interesaba por las piezas, ciertamente ha arreglado las cosas de tal manera que parece que así fue, y, por lo tanto, justifica la más fuerte sospecha, solo por este motivo, de que los célebres dramas no fueron de su autoría.
Es a partir de una consideración del modo de publicación que Sir Sidney Lee concluye que William Shakspere no tuvo parte en el trabajo. Por nuestra parte, llegamos exactamente a la misma conclusión a partir de una consideración de las circunstancias de su vida: en el presente caso, sobre la base de lo que tenemos derecho a calificar como una coartada. Resulta ciertamente interesante que dos conjuntos de consideraciones totalmente diferentes conduzcan a la misma conclusión, aunque se haya llegado a ellas desde dos puntos de vista distintos y con diferentes intenciones; dejando muy poco margen para dudar de la solidez de la conclusión común. Así pues, si coincidimos en que William Shakspere no tuvo participación en la publicación de esta literatura, sostener que su verdadero autor —si vivía— no tomó parte en absoluto en ningún aspecto del trabajo es el tipo de creencia que los hombres prácticos, en contacto con la realidad, difícilmente aceptarían sin serias reservas.
VI
No decimos que la creencia alternativa —es decir, la creencia en un autor oculto— esté exenta de dificultades. Con justicia podemos preguntarnos por qué el autor de tales obras habría de preferir permanecer en el anonimato, del mismo modo que podemos preguntarnos por qué “Ignoto”, “Shepherd Tony” y “A. W.”, autores de algunos de los mejores poemas isabelinos, han elegido permanecer desconocidos. Los hechos son, sin embargo, realidades incontestables de la historia literaria. Además, los motivos para proceder de manera misteriosa y secreta son, sin duda, con frecuencia tan misteriosos y secretos como los actos mismos, de modo que la incapacidad de desentrañar los motivos no puede esgrimirse como argumento contra la evidencia de un hecho; aunque el conocimiento de un motivo pueda aceptarse como corroboración de otras pruebas. Por difícil que sea penetrar y comprender los motivos privados incluso de personas con circunstancias semejantes a las nuestras, la dificultad se multiplica enormemente cuando todo el contexto social es diferente, como en el caso que nos ocupa. El hombre que piense que cualquiera que viviera en los reinados de Isabel I y Jacobo I se habría sentido tan orgulloso de reconocerse autor de las obras de “Shakespeare” como lo haría alguien de los siglos XIX o XX, no ha entendido el problema shakesperiano en su relación con la época a la que pertenece. Además, está juzgando la cuestión principalmente desde el punto de vista del literato profesional como autor, y pasa por alto las numerosas consideraciones que pueden surgir cuando se supone un autor de un tipo muy distinto.
“Es difícil imaginar —dice Halliwell-Phillipps— una época en la que… el gran poeta, a pesar de la inmensa popularidad de algunas de sus obras, no fuera objeto de ninguna veneración general. Hay que tener en cuenta que los actores ocupaban entonces una posición inferior en la sociedad, y que incluso la vocación de dramaturgo se consideraba apenas respetable. La apreciación inteligente del genio por parte de individuos no era suficiente para neutralizar, en estos asuntos, el efecto de la opinión pública y la animosidad del mundo religioso; todas las circunstancias se unían así para desterrar el interés general por la historia de las personas relacionadas de cualquier modo con el teatro.”
Reclamar la autoría incluso de las obras de “Shakespeare” no habría servido, por lo tanto, de ayuda alguna a ningún hombre que buscara obtener, preservar o recuperar la dignidad social y la eminencia para sí mismo y para su familia.
Podemos preguntarnos cómo el secreto pudo mantenerse tan bien guardado y ser completamente incapaces de ofrecer una explicación satisfactoria del éxito total del “encubrimiento”, del mismo modo que podemos quedar perplejos ante otros misterios de la historia. Esta es, una vez más, una dificultad que se magnifica enormemente al situarla en un contexto moderno. En la época de “Shakespeare”, sin embargo, según Halliwell-Phillipps, “no se tomaba interés alguno en los acontecimientos de la vida de los autores… la correspondencia no política rara vez se conservaba, y los diarios elaborados no estaban de moda.”
La falta de interés en la personalidad de los autores queda confirmada por algunos registros contemporáneos de representaciones de las obras de “Shakespeare” sin ninguna mención del nombre de un autor. Los lectores instruidos de las obras impresas, interesados principalmente en ellas como literatura, podían muy bien contentarse con conocer a un autor únicamente por su nombre, especialmente cuando se suponía que dicho autor vivía en lo que entonces sería una aldea remota. Los registros contemporáneos de la literatura “shakesperiana” son, además, exactamente del tipo que corresponde a un autor cuyo nombre es conocido, pero cuya personalidad no lo es; y Shakspere habría evitado la atención personal al establecer su residencia permanente en Stratford precisamente en el momento en que esta literatura comenzaba a aparecer.
El misterio y el secreto concertado fueron, además, característicos no solo de la vida literaria de la época, sino aún más de la vida social y política en general. Conspiraciones y contra-conspiraciones, extrema cautela y reserva al escribir cartas —hombres que escribían habitualmente a sus amigos como si sospecharan que sus cartas serían mostradas a sus enemigos—, aquí y allá alguna observación críptica que solo el destinatario podría entender: tales son las cosas que destacan en la masa de documentos contemporáneos conservados en los State Papers y en diversas colecciones privadas. Podemos estar completamente seguros de que en aquellos tiempos ningún secreto importante sería confiado a nadie sin recibir primero las más solemnes garantías de que no habría riesgo de revelación. Ciertamente, el autor de Hamlet no era hombre para descuidar ninguna precaución. Los juramentos cuidadosamente elaborados con los que Hamlet ata a Horacio y a Marcelo al secreto, y la advertencia final que les dirige, son claramente obra de un hombre que sabía asegurar el silencio tanto como era humanamente posible hacerlo. Y sabemos, por experiencia humana real, que cuando una inteligencia superior se combina con lo que podríamos llamar una facultad para el secreto y un instinto sólido para juzgar y elegir agentes, los propósitos secretos se llevan a cabo con éxito de una manera que resulta asombrosa y desconcertante para las mentes más simples.
Estas son, entonces, ciertas dificultades de la posición anti-estratfordiana que sería una locura ignorar. La mayoría de las verdades, sin embargo, han tenido que abrirse camino a pesar de las dificultades. Así, aunque las dificultades no matan la verdad, las incredibilidades son fatales para el error; y es lo increíble lo que el estratfordianismo tiene que afrontar. La misma experiencia humana general que nos obliga a aceptar hechos para los que no podemos dar una explicación adecuada, nos obliga también a rechazar, so pena de irracionalidad, lo que es intrínsecamente contradictorio o completamente contrario al curso invariable de los acontecimientos. Así es como el sentido común de la humanidad repudia instintivamente una contradicción moral como algo increíble. Tal es, sostenemos, la creencia en el hombre de Stratford: la creencia de que el autor de la literatura más excelsa permite que otros hagan lo que quieran durante su propia vida en materia de publicación de sus obras, pero no hace nada él mismo. “Es cuestionable”, dice Sir Sidney Lee, “que alguna haya sido publicada bajo su supervisión”. Se le representa así creando y lanzando sus obras inmortales con toda la indiferencia de un mero proceso de desove, y volviendo su atención a casas, tierras, malta y dinero en el preciso momento en que la publicación impresa de estos grandes triunfos de su propio espíritu creativo comienza. Esta es la incredibilidad fundamental que, junto con la increíble regresión representada por el segundo período en Stratford de Shakspere, y una sucesión de otras incredibilidades, debería disolver por completo la hipótesis estratfordiana, una vez que sea posible poner en su lugar una hipótesis más razonable.
VII
La única cosa que puede describirse como una referencia personal confiable a William Shakspere en el transcurso de toda su vida se hizo en 1592, cuando Greene lo atacó como un “cuervo advenedizo”, hermoseado con las plumas de otros. La posterior disculpa del editor Chettle está redactada en términos que indican la intervención de patrocinadores poderosos y de alto rango. Es evidente que Shakspere contaba con algún amigo ante el cual los escritores y editores no podían darse el lujo de mostrarse indiferentes.
En ese momento no se había publicado nada bajo su nombre, su carrera en Londres recién comenzaba y este, repetimos, es el único hecho que puede llamarse un incidente personal en todo su registro londinense, que según los estratfordianos modernos continuó durante veinte años después de este episodio. De hecho, la actitud del propio Shakspere en este llamado incidente fue puramente pasiva; la disculpa de Chettle no hace referencia a ninguna protesta o resentimiento por parte del hombre atacado, sino únicamente a los “diversos caballeros de respeto” que habían intervenido en su favor. Después de esto, parecería que nadie se atrevió a hacer referencias personales, ni buenas, ni malas, ni indiferentes. La experiencia de Chettle fue, evidentemente, una advertencia para otros.
Posteriormente, Venus y Lucrece fueron publicadas con el nombre de “Shakespeare” como autor, y entonces encontramos algunas referencias a los poemas, como las que cualquier lector de las obras podría haber escrito:
“Aun Tarquino arrancó su reluciente racimo,y Shake-speare pinta la violación de la pobre Lucrecia.”
(1594. El año de la publicación de Lucrece.)
“Toda alabada sea Lucrecia: Dulce Shak-speare.”
(1595.)
“Y Shakespeare, tú, cuyo caudal de miel fluye,
…
Cuyo Venus y cuya Lucrecia, dulce y casta,
tu nombre en el libro inmortal de la fama han puesto.”
(1598.)
Esto es todo lo que tenemos en el período previo a la publicación real de los dramas. Esas referencias están evidentemente inspiradas por los poemas, no hacen mención a las obras teatrales, y no tienen nada más que ver con el hombre que lo que podría deducirse de las propias obras: un hecho al que el deletreo y la separación del nombre “Shake-speare” dan testimonio. Tampoco tienen nada que ver con él como actor.
No es hasta llegar al año 1598 —el año en que se publicaron los primeros dramas con el nombre de “Shakespeare”— que encontramos alguna referencia contemporánea a “Shakespeare” como escritor de obras teatrales; y para entonces estamos justificados en suponer que William Shakspere estaba ya debidamente establecido en Stratford. Aquí, nuevamente, no hay ninguna referencia personal: el nombre aparece simplemente en largas listas de escritores antiguos y contemporáneos, con alguna observación ocasional sobre la calidad o el contenido de la obra publicada bajo sus nombres.
Este trabajo de Francis Meres —su Palladis Tamia— da testimonio al mismo tiempo de lo que puede llamarse la alta calidad clásica del inglés de “Shakespeare” a los ojos de los eruditos contemporáneos, y también de la familiaridad de “Shakespeare” con los clásicos antiguos.
En 1599 encontramos otra referencia literaria en la que, además de Venus y Lucrece, se mencionan las obras Romeo y Ricardo (II o III). Estas piezas ya habían sido publicadas.
En 1600 el nombre vuelve a aparecer en una lista de más de veinte poetas del reinado de Isabel.
En 1604 su nombre aparece junto al de Jonson y Greene en pareados que piden versos en honor de Isabel.
Otra vez en 1604, el año de la edición revisada de Hamlet, el nombre aparece en una referencia literaria a esta obra; y en 1603 o 1605 en otra lista de poetas contemporáneos. En The Returne from Parnassus (escrito en 1602, impreso en 1606) se le menciona primero y de manera más destacada como autor de Venus y Lucrece, y luego como uno de aquellos que “escriben obras teatrales”.
Tal es el carácter de todas las referencias contemporáneas que la laboriosidad de Halliwell-Phillipps ha reunido: referencias, es decir, de personas que conocieron a “Shakespeare” en letra impresa, pero que no tienen nada que contarnos acerca de William Shakspere en carne y hueso. La única instancia de una referencia contemporánea al hombre, después del episodio de 1592 (“La única anécdota de Shakespeare que se sabe con certeza que fue registrada en vida”, S. L.), es una mísera historia inmoral; evidentemente, la invención de algún aspirante a ingenioso: un relato que con razón es descartado, como apócrifo, por la mayoría de las autoridades de ambos bandos de la cuestión. La magnitud de esta omisión de referencias contemporáneas reales a la personalidad del hombre solo puede ser apreciada por quienes, con algún propósito particular, han tenido que investigar las colecciones de documentos isabelinos que se han publicado, o que conocen la inmensa cantidad de detalles personales, incluso sobre las personas más insignificantes, que se conservan en nuestras diversas historias locales. Un silencio semejante parece explicarse únicamente suponiendo que se tuvo el mayor cuidado en mantener al hombre fuera de la vista.
Ya se ha señalado que ninguna de sus actividades en Stratford ha dejado el más mínimo rastro de una carta escrita por su mano. El mismo rasgo extraño caracteriza su período intermedio en Londres. Una vez más, no es simplemente que falten cartas autógrafas conservadas, sino que hay una ausencia total de evidencia, o incluso de rumores, de que alguna vez se haya carteado con persona alguna. Al mismo tiempo, hombres de letras de reconocida inferioridad con respecto a “Shakespeare” eran corresponsales habituales de los patronos aristocráticos de la literatura; y aun cuando las cartas mismas no han llegado hasta nosotros, en la historia literaria de la época se encuentran rastros de dicha correspondencia. En el caso de William Shakspere no hay el menor indicio. Incluso Ben Jonson, separado por muchos kilómetros y durante muchos años de su ídolo, no da la menor señal de que hayan existido cartas entre ellos en ningún momento. Tampoco durante esos años hay el menor registro de ninguna de esas cosas con las que un genio impresiona su personalidad en sus contemporáneos. Fuera de las obras impresas, no encontramos más que una negación absoluta cada vez que intentamos conectar a este hombre con cualquiera de las cosas mediante las cuales los hombres literarios eminentes han dejado huellas incidentales de sí mismos en la vida contemporánea. Así pues, teniendo la mejor autoridad para afirmar que él no tuvo nada que ver con la publicación de los dramas —e incluso los poemas que contienen la dedicatoria de “Shakespeare” al conde de Southampton no llevaban el nombre del autor en sus portadas—, si William Shakspere no fue simplemente una máscara para otro escritor, quizás algún estratfordiano pueda decirnos qué más podría haber hecho, o dejado de hacer, para que pareciera que tal era precisamente el papel que estaba desempeñando.
Además del propio silencio de William Shakspere, no debemos pasar por alto el completo silencio del gran contemporáneo de “Shakespeare”, Edmund Spenser, con respecto a todo lo shakesperiano. Su referencia a “Willie” en su poema Las lágrimas de las musas (The Tears of the Muses), como hoy en día se acepta comúnmente, no podría, debido a su fecha, tener relación alguna con William Shakspere. La única posible alusión a Shakespeare que hace es en 1595, en su poema Colin Clout’s Come Home Again. Que su “Aetion” tenga algo que ver con Shakespeare es pura conjetura, basada en la suposición de que solo “Shakespeare” podría merecer los altos elogios que Spenser otorga al poeta así designado. Sin embargo, cuando en los versos siguientes coloca a sir Philip Sidney en primer lugar entre los poetas a quienes alude, no podemos aceptar que “Aetion” sea Shakespeare —es decir, que sea un poeta inferior, en el juicio de Spenser, a Sidney— sin desacreditar el juicio del propio Spenser. En otras palabras, destruimos las mismas bases sobre las cuales originalmente suponíamos que “Aetion” era Shakespeare. En cualquier caso, la alusión es solo a “Shakespeare” el poeta, cuyos poemas podrían haber llegado a Spenser (Colin Clout) en Irlanda antes de su regreso a Inglaterra. Si, sin embargo, aceptamos la fecha que el propio Spenser adjunta a la dedicatoria del poema a sir Walter Raleigh, es decir, 1591, es evidente que “Aetion” no podría ser “William Shakspere” y no podría tener conexión alguna con los grandes poemas “shakespearianos”, que no se publicaron hasta 1593 y 1594.
VIII
Tanto por el William Shakspere hombre de negocios como por el supuesto autor: llegamos ahora a la cuestión de William Shakspere, el famoso actor y copropietario de teatros, cuya riqueza se ha explicado en parte por referencia a los ingresos de actores y copropietarios de teatros prominentes de la época. En este contexto reuniremos pasajes de sus dos principales biógrafos.
Sir Sidney Lee:
“Fue como actor que, en una fecha temprana, adquirió un ingreso genuinamente sustancial y seguro.”Mientras tanto, “iba ganando gran estima personal fuera de los círculos de actores y hombres de letras. Su genio y su ‘comportamiento civil’, del que habló Chettle, atrajeron la atención no solo de Southampton, sino también de otros nobles patronos de la literatura y el drama. Su convocatoria para actuar en la Corte con los actores más famosos de la época en la Navidad de 1594 se debió posiblemente en parte al interés personal en él. Isabel rápidamente le mostró un favor especial, etc.”
Aquí, entonces, había una fama de carácter verdaderamente excepcional, difícilmente superada por aquellos que soportan la “luz feroz que cae sobre un trono”. Los recaudadores de impuestos, que no lograban poner las manos sobre este hombre con facilidad, fueron culpables, en el mejor de los casos, de una incapacidad punible; y deberían haber sido sumariamente despedidos por connivencia deliberada.
Sin embargo, veamos lo que dice Halliwell-Phillipps:
“No hubo una sola compañía de actores en la época de Shakespeare que no hiciera giras profesionales por casi todos los condados de Inglaterra, y con la esperanza de descubrir rastros de sus pasos durante sus giras provinciales, he examinado personalmente los registros de las siguientes ciudades y pueblos: Warwick, Bewdley, Dover, Shrewsbury, Oxford, Worcester, Hereford, Gloucester, etc.”Y así procede a enumerar nada menos que cuarenta y seis ciudades y pueblos importantes en todas las regiones del país, tan al norte como Newcastle-upon-Tyne, e incluyendo, además de las dos grandes ciudades universitarias, a la propia Stratford-upon-Avon, cuya fama en todo el mundo se la debe al brillo que el nombre de “Shakespeare” le ha dado, y concluye:
“En ningún caso he encontrado hasta ahora en ningún registro municipal una mención del propio poeta; pero se ha descubierto material curioso e inesperado sobre su compañía y su entorno teatral.”
IX
Solo queda ahora examinar los datos sobre los cuales descansa la teoría de que William Shakspere fue un eminente actor londinense. Ni como escritor de obras para el escenario ni como autor de trabajos para la imprenta es posible explicar su riqueza. En el primer caso, sus ingresos no habrían sido considerables; y en el segundo, dado que no participaba ni tenía derechos, habría dependido de gratificaciones voluntarias de los editores. Como actor, hemos visto, no se ha descubierto ni un solo registro de su aparición en las provincias. Es, por lo tanto, como actor en Londres que debió haber hecho su fortuna, si es que tal fortuna no tuvo nada de misteriosa. Aquí, entonces, están los registros de su carrera.
Halliwell-Phillipps “tuvo el placer de descubrir, hace algunos años, en las cuentas del Tesorero de la Cámara” la siguiente entrada:
“A William Kempe, William Shakespeare y Richard Burbage, sirvientes del Lord Chambelán, según la orden del consejo con fecha en Whitehall xv. de marzo de 1594, por dos comedias o entremeses presentados por ellos ante su Majestad en el tiempo de Navidad pasado, a saber, en el día de San Esteban y en el día de los Inocentes... en total, 20 libras.”La señora Stopes, sin embargo, en su obra sobre Burbage y Shakespeare, proporciona la interesante información de que esta “cuenta (fue) elaborada después de la fecha por Mary, condesa de Southampton, tras el fallecimiento de su segundo esposo, Sir Thomas Henneage, quien había dejado sus cuentas más bien enredadas”. Y Sir Sidney Lee señala que “ni las obras ni los papeles se nombran”. Podemos también señalar que, mientras que según la autoridad recién mencionada Kemp era “el principal comediante de la época” y Richard Burbage “el mayor actor trágico”, no existe ningún registro que nos diga —ni nadie ha osado conjeturar— qué era William Shakspere como actor. Dado que, entonces, en este registro no se le asigna ningún papel, es posible, incluso aceptándolo como un documento oficial en debida forma, que recibiera el dinero como supuesto autor de las “comedias o entremeses”. Y esto, aunque ocurrió tres años antes del comienzo del período de su fama (1597), es lo único que puede considerarse como un registro oficial de participación activa en las representaciones de la compañía del Lord Chambelán —luego llamada The King’s Players— y erróneamente mencionada como la compañía de Shakespeare: la compañía de la cual se supone que él fue una de las principales figuras.
La ortodoxia de la señora Stopes, al igual que la de Halliwell-Phillipps, está fuera de toda sospecha, y ella ha realizado con respecto a la carrera londinense de William Shakspere algo análogo a lo que Halliwell-Phillipps hizo para su trabajo en las provincias, y con un resultado no del todo diferente. En la nota xxviii. del libro recién mencionado, ella registra “Las representaciones de la Compañía de los Burbage en la Corte durante 80 años”; el registro consiste principalmente en un catálogo de breves ítems de pagos hechos por el Tesorero de la Cámara por presentaciones reales de obras, y ocupa diecisiete páginas de su trabajo. Más de cuatro páginas están dedicadas a las entradas que se refieren a las representaciones de la compañía desde 1597 hasta la muerte de William Shakspere en 1616. Entradas separadas aparecen para los años 1597, 1598, 1599, 1600, 1601, 1603, 1604, 1605, 1606, 1607, 1608, 1609, 1610, 1611, 1612, 1613, 1614, 1615 y 1616. Se verá así que solo el año 1602 falta en estos registros. Los nombres de los actores mencionados son Heminge, Burbage, Cowley, Bryan y Pope; en otros lugares, estas cuentas oficiales mencionan al actor Augustine Phillipps, pero no una sola vez aparece el nombre de William Shakspere en todos estos registros.
Existe el peligro de que, al multiplicar las pruebas y abrir discusiones sobre temas secundarios, se pierda toda la fuerza de ciertos hechos particulares. Quisiéramos, por lo tanto, instar al lector a que permita que su mente se detenga con atención en un hecho, a saber: que todos los registros municipales de las compañías de actores guardan silencio respecto de William Shakspere, y que todos los registros del Tesorero de la Cámara, con la única excepción irregular de una cuenta elaborada por una mano desconocida después de la fecha, guardan un silencio igual respecto de él; incluso la entrada irregular se refiere a una fecha (1594) varios años antes del período de su fama; de modo que ambos son absolutamente silenciosos respecto de él durante su gran período. Si el lector aún persiste en creer que William Shakspere fue una figura conocida en el escenario, o un miembro prominente de la compañía de actores del Lord Chambelán, o de alguna manera muy visible en relación con las actividades de esa compañía, le sugerimos respetuosamente que podría emplear su tiempo de manera más provechosa que leyendo el resto de estas páginas.
Al continuar las investigaciones por medio del mismo trabajo, encontramos que los libros del Lord Chambelán “proporcionan mucha información sobre obras y actores. Lamentablemente, faltan para los años más importantes de la historia shakesperiana.” Dos veces en el transcurso de su obra la señora Stopes menciona la desafortunada desaparición de los libros del Lord Chambelán. A la luz de todos los demás silencios misteriosos con respecto a William Shakspere, y la desaparición total de los manuscritos de “Shakespeare”, tan cuidadosamente resguardados durante los años anteriores a la publicación del Primer Folio, la desaparición de los libros del Lord Chambelán, que registraban las transacciones de su departamento durante el período más importante de su historia, difícilmente parece un mero accidente. Más de una falsificación contemporánea respecto de los registros de Shakespeare es admitida por la mayoría de las autoridades, siendo una bien conocida la referencia de 1611 a “La Tempestad”, por lo que la sospecha es bastante justificable. El único volumen de estos registros que se ha conservado no registra nada sobre ningún compromiso actoral de William Shakspere, sino simplemente su recepción, junto con otros, de una concesión de tela en preparación para la procesión de coronación. Aunque afirma que “muchos creen… que los actores no participaron en esa procesión”, la señora Stopes argumenta a favor de que estuvieron allí; pero añade: “es cierto que la concesión de tela no era en sí misma una invitación a la coronación”. Por lo tanto, no constituye prueba de que él estuviera presente. De manera similar, la aparición de su nombre en la lista de miembros de la compañía licenciada en 1603 para una actividad prospectiva como actores del Rey no proporciona prueba alguna de su reconocimiento como actor prominente, y nos deja ignorantes de las obras en las que pudo haber participado, los papeles que interpretó o el estilo de su actuación. Todo lo que tenemos de carácter oficial durante este período son, por lo tanto, dos apariciones de su nombre en listas generales no informativas, perfectamente consistentes con la teoría de que, durante los años más importantes de lo que se supone fue su gran período londinense, no estaba en contacto personal constante con los asuntos de la compañía.
De los registros no oficiales sobre actuaciones —y citamos nuevamente las palabras de Sir Sidney Lee— “el nombre de Shakespeare aparece en primer lugar en la lista de quienes participaron en la representación original de ‘Every Man in his Humour’ de Ben Jonson” (1598, el año en que Jonson, habiendo sido encarcelado por matar a Gabriel Spenser, fue liberado, aparentemente como resultado de una intervención influyente). “En la edición original de ‘Seianus’ de Jonson (1605) los nombres de los actores están dispuestos en dos columnas, y el nombre de Shakespeare encabeza la segunda columna… Pero, una vez más, no se indica el papel asignado a cada actor.” Tampoco se menciona que esta lista fue publicada solo dos años después de la representación (1603).
Estas dos apariciones de su nombre son las únicas cosas que podrían llamarse registros de su actuación durante todo el período de su fama; la primera al comienzo, y la segunda, según varias autoridades, al final de ese período. (“No hay duda de que nunca tuvo la intención de volver a Londres excepto para visitas de negocios después de 1604”: Enciclopedia Nacional). No sabemos qué papeles interpretó, ni cómo los interpretó; pero lo único que sí sabemos es que no tuvieron nada que ver con las grandes obras de “Shakespeare”. No existe un solo registro en toda su vida de que haya aparecido en una obra de “Shakespeare”; mientras que el escritor responsable de la aparición de su nombre en estos casos es el mismo que prestó el aval de su nombre a las inexactitudes deliberadas del Primer Folio. Vale la pena notar que, aunque Jonson da un lugar destacado al nombre de “Shakespeare” en estas listas, cuando “Every Man out of his Humour” de Jonson fue representada por la compañía del Lord Chambelán, toda la compañía, con una notable excepción, tuvo papeles asignados. Esa excepción fue Shakspere, quien no aparece en absoluto en el reparto. (Véanse las obras completas de Jonson).
Otras ausencias notables del nombre de William Shakspere en relación con esta compañía quedan aún por señalarse. La compañía se vio implicada en la “Rebelión de Essex”, y Augustine Phillipps, uno de sus miembros, tuvo que presentarse a declarar en relación con el caso. Su testimonio, hecho bajo juramento y formalmente atestiguado con su firma, involucra una obra de “Shakespeare”, Ricardo (II). Sin embargo, William Shakspere estuvo completamente al margen del asunto. No fue llamado a declarar, y su nombre ni siquiera fue mencionado en relación con la obra, de la cual se dice que era “tan vieja y llevaba tanto tiempo sin representarse”.
De nuevo, en agosto de 1604, la compañía fue designada para atender al embajador español en Somerset House y recibió pago por sus servicios; “Augustine Phillipps y John Hemynges por la manutención de ellos mismos y de diez de sus compañeros… por el espacio de 18 días (recibiendo) £21 12s.” Observamos otra vez la ausencia del nombre de aquel a quien nos han enseñado a considerar la figura principal de la compañía.
El estratfordiano moderno posterga la jubilación de Shakspere en Stratford hasta el año 1612 o 1613. En 1612, la compañía estuvo involucrada en un litigio, y los nombres de “John Hemings, Richard Burbage y Henry Condall” aparecen en relación con este, pero no hay mención alguna de Shakspere.
En la ceremonia de investidura del príncipe Enrique como Príncipe de Gales, se requirieron los servicios de la compañía y en los registros oficiales aparecen los nombres de Anthony Munday, Richard Burbage y John Rice, el primero como escritor y los dos últimos como actores; pero no se hace mención alguna del gran escritor-actor William Shakspere.
En 1613, el Teatro Globe, el supuesto escenario de los grandes triunfos de William Shakspere, se incendió por completo, y un poeta contemporáneo cantó el suceso en versos que conmemoran a Anthony Munday, Richard Burbage, Henry Condell y al padre de John Heminge, pero sin volver jamás la vista hacia el William Shakspere retirado o en retiro, cuyo nombre ha inmortalizado el del edificio.
Después de un registro contemporáneo como este, la aparición de su nombre, en la edición en folio de 1623, siete años después de su muerte, a la cabeza de la lista de “los principales actores en todas estas obras”, confirma el carácter espurio de la totalidad de las pretensiones editoriales de dicha publicación. Con semejante despedida, resulta notable que la tradición posterior haya hecho tan poco por él. Más de ochenta años después, Rowe, en su Vida de Shakspere (1709), le asigna un solo papel al “principal actor en todas estas obras”: el del Fantasma en Hamlet. Esta tradición, aunque del todo poco fiable —dado que todo el cuerpo de la tradición shakesperiana está mezclado con mucho que ahora se sabe que es falso— resulta, no obstante, interesante, pues el papel del Fantasma en Hamlet es precisamente el tipo de rol que un hombre de tercera categoría en el mundo teatral podría haber sido entrenado para desempeñar en alguna ocasión. La discusión sobre las arenas movedizas de la tradición shakesperiana no corresponde propiamente al ámbito de este trabajo. Es interesante notar, sin embargo, que la señora Stopes rechaza de plano creer en el conjunto de tradiciones sobre Shakespeare, por la razón de peso de que surgieron demasiado tiempo después de los hechos. El lector común, que simplemente se interesa en las obras, rara vez es consciente de lo poco que queda de hecho biográfico sólido cuando se descarta la mera tradición.
Es posible que hayamos omitido la discusión de alguna referencia contemporánea que otros pudieran considerar importante. Sin embargo, se ha dicho lo suficiente para mostrar que la relación de William Shakspere con la compañía del Lord Chambelán tuvo un carácter claramente anómalo. Por un lado, hay rastros evidentes de un esfuerzo por darle una marcada prominencia en lo que respecta a la constitución y las operaciones de la compañía, y por otro lado, una ausencia total de los inevitables concomitantes de tal prominencia. Lo que otros, usándolo como instrumento de sus propósitos, pudieron hacer con su nombre, está hecho; lo que solo podría haber sido producido por la fuerza de su propio genio, falta por completo. Fuera de las listas formales de nombres, ningún contemporáneo que conozcamos registra un hecho o impresión sobre él como actor durante todos los años de su fama literaria. Puede decirse con seguridad, por lo tanto, que ni en las provincias ni en Londres el público que compraba y leía las obras de “Shakespeare” sabía mucho sobre William Shakspere el actor. Incluso la anécdota objetable que presenta a Burbage en el papel dramático de Ricardo III no implica funciones dramáticas de ningún tipo para Shakspere, sino que lo representa como un oyente silencioso, no necesariamente alguien que vivía bajo la mirada del público: una persona a quien alguien del público externo podría haber considerado implicada en el funcionamiento interno de la compañía. Frente a un silencio tan marcado respecto a él, ¿por qué habría habido esos dos esfuerzos de Jonson por hacer avanzar su nombre como actor de una manera que ni los registros de la compañía del Lord Chambelán ni la constitución del reparto de su propia obra “Every Man out of his Humour” justificaban? ¿Y cómo ocurre que, dado el silencio total de los registros de la compañía del Lord Chambelán durante todos esos años, tanto antes como después, su nombre apareciera dos veces en un mismo año (1603) en las formalidades comerciales de la compañía? En una palabra, ¿cómo es posible que tengamos un nombre ocupando una eminencia artificial en dos contextos y nada más que lo respalde? La respuesta más natural es, por supuesto, que se estaban haciendo afirmaciones falsas en su favor, lo cual encaja exactamente con las falsas pretensiones admitidas del Primer Folio, en las cuales el mismo Ben Jonson estuvo implicado. En cuanto a los motivos, sin embargo, volvemos a pedir indulgencia para Jonson, pues tiene derecho a la misma consideración que se ha concedido libremente a Heminge y Condell, aunque probablemente él conocía el secreto más a fondo que ellos.
X
Podemos ahora resumir los resultados de nuestro examen del período intermedio o londinense de la carrera de William Shakspere.
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Fue completamente pasivo con respecto a todas las publicaciones que aparecieron bajo su nombre.
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Existe la mayor incertidumbre acerca de la duración de su estancia en Londres y la más firme probabilidad de que en realidad residiera en Stratford mientras se publicaban las obras.
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Nada se sabe de sus actividades en Londres, y hay mucho misterio en torno a su lugar de residencia allí.
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Después del ataque de Greene y la disculpa de Chettle, el “hombre” y el “actor” fueron ignorados por los contemporáneos.
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Antes de que comenzara la impresión de los dramas en 1598, las referencias contemporáneas eran siempre al poeta —el autor de “Venus” y “Lucrece”—, nunca al dramaturgo.
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Solo después de 1598, fecha en la que por primera vez se imprimieron obras con el nombre de “Shakespeare”, hay referencias contemporáneas a él como dramaturgo.
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El público conocía a “Shakespeare” en letra impresa, pero no sabía nada de la personalidad de William Shakspere.
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La única anécdota registrada de él es rechazada por el consenso general de las autoridades, y aun la circulación contemporánea de esta anécdota es coherente con la idea de que era personalmente desconocido.
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No ha dejado carta alguna ni rastro de trato personal con ningún contemporáneo londinense ni personaje público. No recibió carta de ningún mecenas ni hombre de letras. La única carta que se sabe que le fue enviada trataba únicamente del préstamo de dinero.
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Edmund Spenser lo ignora por completo.
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Aunque la compañía con la que se asocia su nombre realizaba giras frecuentes y extensas por las provincias, y se ha registrado mucho sobre sus actividades, ningún archivo municipal, hasta donde se sabe, contiene una sola referencia a él.
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No hay registro contemporáneo alguno de que haya aparecido en una obra de “Shakespeare”.
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Las únicas obras con las que, como actor, se asocia su nombre durante su vida son dos obras de Ben Jonson.
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Las cuentas del Tesorero de la Cámara muestran solo una referencia irregular a él, tres años antes del período de su mayor fama, y ninguna durante o después de ese período.
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Los Libros del Lord Chambelán, que habrían proporcionado los registros más completos de sus actividades durante esos años, han desaparecido, como también los manuscritos de “Shakespeare”.
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Su nombre está ausente de los siguientes registros de la compañía del Lord Chambelán en los que aparecen los nombres de otros actores:
(1) El reparto de “Every Man out of his Humour” de Jonson, en el cual aparecen todos los demás miembros de la compañía.
(2) El registro de procedimientos respecto a la Rebelión de Essex y la compañía.
(3) La asistencia de la compañía al embajador español en 1604.
(4) El litigio de la compañía en 1612.
(5) La participación de la compañía en la investidura del Príncipe de Gales.
(6) Las referencias al incendio del Teatro Globe.
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Incluso los rumores le asignan solo un papel insignificante como actor.
Debemos ahora pedir al lector que reúna con cuidado todas estas consideraciones y las contemple en su relación natural unas con otras. No debería resultarle difícil darse cuenta de que un registro tan completamente negativo es del todo incompatible con la carrera que se supone disfrutó William Shakspere. Lo colocamos por encima de Edmund Spenser como poeta, y sin embargo la biografía de Spenser no es un mero tejido de conjeturas eruditas y suposiciones generosas. Lo colocamos por encima de Jonson como dramaturgo, y sin embargo la vida literaria y las relaciones sociales de Jonson constituyen una biografía muy real y tangible. Intentamos ponerlo a la par de Burbage como actor, y sin embargo Burbage es una figura muy viva y sustancial en la historia del teatro inglés. Pero él, el único hombre que se supone combinó de manera tan notable los talentos y las vocaciones de los tres; el contemporáneo de Spenser; el protegido de los Burbage —pues ahora se nos dice que fueron ellos quienes descubrieron y lanzaron a Shakspere—; el ídolo de Jonson y el mayor genio que ha aparecido en la literatura inglesa, deja tras de sí, en todos los asuntos literarios y dramáticos, únicamente el registro elusivo e intangible que hemos estado considerando.
El espíritu cordial de Spenser siguió vertiéndose en verso hasta que la catástrofe lo abatió y se acercó la muerte; sus últimos versos, de hecho, parecen haber sido escritos con la muerte ante los ojos. Hasta el final, Ben Jonson siguió escribiendo y publicando: su última obra, póstuma, fue la expresión de sus pensamientos finales. La figura central del escenario inglés en la época en que murió Richard Burbage fue el propio Burbage. Pero William Shakspere, dotado de un genio tan apremiante como para haberlo elevado de un nivel muy por debajo de sus contemporáneos literarios a una altura muy por encima de ellos, abandona su vocación a los cuarenta años, se retira a la atmósfera inculta de Stratford, dedica sus energías a tierras, casas, malta y dinero, dejando obras maestras literarias inconclusas en manos de actores y empresarios teatrales para que las completen las plumas de extraños; y finalmente muere acomodado, pero en total disociación de todo aquello que ha hecho famoso su nombre.
Si la obra que se le atribuye hubiera sido simplemente literatura promedio, su registro, una vez comprendido en su conjunto, habría justificado las dudas más serias respecto a la autenticidad de sus pretensiones. Siendo lo que es, sin embargo, el carácter único de la obra y el registro, igualmente único pero opuesto en carácter, justifican el rechazo completo de sus pretensiones. Tomando prestada la metáfora de Emerson sobre el tema, no podemos “casar” el registro vital con la literatura. Estamos, por lo tanto, obligados a trazar una separación muy clara entre el escritor “Shakespeare” y el hombre William Shakspere. Tan pronto como esto se hace, podemos coordinar este período intermedio de la vida de William Shakspere con los dos extremos que hemos considerado previamente. Llegamos así a la concepción de un hombre de talentos muy ordinarios y propósitos modestos, cuyas tres etapas de la vida se vuelven perfectamente homogéneas. En lugar de la enorme masa de incongruencias e imposibilidades del estratfordianismo, obtenemos una idea sensata y coherente de un hombre en relación natural con la experiencia humana y las probabilidades normales: un hombre que desempeñó un papel y recibió su recompensa. Sus motivos eran, sin duda, como los de la mayoría de nosotros, una mezcla de altos y bajos; y, dado que no se perjudicaba a nadie más con el subterfugio, pudo, si era capaz de apreciar justamente la obra, haberse sentido honrado al ser confiado por “Shakespeare” para favorecer sus propósitos literarios. Pero que él mismo fuera el autor de los grandes poemas y dramas queda totalmente fuera del ámbito de las probabilidades naturales, y ahora debe ceder, para adornar una frente más digna, los laureles que ha llevado durante tanto tiempo.
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