Introducción

Como una responsabilidad mucho más grave recae sobre la publicación de las siguientes páginas de lo que es usual cuando se trata de tratados sobre temas literarios, es imposible lidiar con el asunto con la impersonalidad que uno quisiera. La transferencia del honor de escribir los dramas inmortales de Shakespeare de un hombre a otro, si aquello se logra, se vuelve no solamente un hecho de relevancia nacional o contemporánea, sino un evento mundial de relevancia permanente, destinado a dejar una marca tan duradera como la literatura o la raza humana misma. Nadie que tenga un debido sentido de estas cosas, por lo tanto, es probable que se embarque en una empresa de este tipo en un espíritu de levedad o aventura, ni se sentirá con el derecho de apurar convicciones tendientes a provocar tan inmenso cambio como si meramente estuviera proponiendo una tesis interesante. No importa cuánto el escritor de una obra como la presente quiera mantenerse al margen: está destinado a implicarse tan profundamente como para poner en juego públicamente su sano juicio y, por lo tanto, arriesgar el crédito de sus opiniones en cualquier otro tema. Habría sido, por lo tanto, más discreto o diplomático haber presentado en un principio el presente argumento de forma tentativa, como posible o probable, en lugar de una verdadera solución al problema de Shakespeare. La tentación de hacer esto era fuerte, pero el peso de la evidencia recolectada ha probado ser muy grande y concluyente como para permitirlo sin ser injustos con el caso mismo o con mis honestas convicciones. Solo un camino era posible para mí entonces: la responsabilidad más grande debía ser tomada y, por lo tanto, algunas palabras sobre las circunstancias bajo las cuales estas investigaciones vinieron a ser emprendidas no solo son justificadas, sino necesarias.

Por muchos años seguidos había sido llamado a dictar reiterados cursos de lectura acerca de una obra en particular de Shakespeare: El Mercader de Venecia. Esta larga familiaridad con los contenidos de una obra, indujeron un peculiar sentido de intimidad con la mente y el ánimo de su autor, y con su visión de la vida. La personalidad que parecía atravesar las páginas del drama me parecía del todo fuera de lugar con aquella del supuesto autor y los hechos conocidos de su carrera. Por ejemplo, el Shakspere de Stratford nunca viajó, habiéndose mudado desde su lugar natal hacia Londres cuando era un hombre joven, para luego retornar a Stratford como un hombre de negocios maduro, para atender los asuntos de sus tierras y casas. Esta obra en particular, por el contrario, hablaba de un escritor que conoció Italia de primera mano y fue tocado por la vida y el espíritu del país. Más aún, la obra sugería un autor con no mucho respeto por el dinero y los métodos de negocios; en cambio sugería un personaje para quien las posesiones materiales no tendrían otra naturaleza que la de un estorbo del que se puede disponer con ligereza y facilidad; en cualquier caso, alguien que no es para nada de un ánimo adquisitivo. No era este el tipo de hombre que hubiera surgido desde la pobreza a la abundancia por sus propios méritos cuando apenas alcanzaba los treinta años, ni tampoco el tipo de hombre que hubiera sido responsable de las mezquinas transacciones de dinero registradas a nombre del hombre de Stratford. Otras anomalías habían llamado mi atención y habían comenzado a minar mi fe en la visión ortodoxa. La distracción en otros intereses, sin embargo, me impidió continuar indagando en el asunto con seriedad.

La recurrencia de las viejas dudas bajo nuevas circunstancias me llevó a mirar más atentamente el problema y consultar escritores que habían lidiado con el asunto. Estos me convencieron de que los opositores de la visión ortodoxa habían logrado probar convincentemente lo siguiente: que no existía suficiente evidencia de que el hombre William Shakspere había escrito las obras que se le atribuyen, mientras que existían buenas razones para asumir, a priori, que no lo hizo. Todo apuntaba a que esto no era más que una máscara, tras la cual algún gran genio, por razones inescrutables, había elegido decidir su propio destino. No sostengo que objeción alguna, a lo que por conveniencia llamaremos la visión estratfordiana, tuviera por sí misma los méritos suficientes como para considerarla insostenible, ya que muchas de estas objeciones habían sido fuerte y severamente combatidas, por hombres cuyas opiniones son merecedoras de respeto. En cambio, fue el efecto acumulativo de muchas objeciones el que, me pareció, hacía imposible adherir con alguna confianza a la forma antigua de ver las cosas, y esto daba a toda la situación la apariencia de un inexplicable misterio.

Aquí quedaban entonces los más grandes tesoros literarios de Inglaterra, estimados por consenso universal entre los más grandes logros literarios de la humanidad: para todos los efectos, de origen desconocido. La inmediata consecuencia de tal convicción fue la sensación de un doloroso vacío en la perspectiva general de los logros supremos de la humanidad; una ausencia mucho más angustiosa que aquella que se siente acerca de la autoría de escritos tales como los poemas homéricos, debido a que el tema nos toca de manera mucho más directa e íntima. Era imposible, sentí, dejar las cosas así, si de alguna manera el problema podía ser resuelto y el vacío, rellenado. Resolví, por lo tanto, sin importar la extrema audacia —o presunción— de la empresa, intentar encontrar una solución al problema.

Al comienzo, lo que me mantenía era principalmente la fascinación de una pesquisa interesante, y perseguí el tema con el espíritu de una simple investigación. Sin embargo, a medida que el caso se ha ido desarrollando, ha tendido progresivamente a asumir la forma de un serio propósito, que apunta a un largamente debido acto de justicia y reparación para con un genio no apreciado quien, creemos, debe ser puesto ahora en posesión de sus justos honores, y a cuya memoria debe serle guardada una gratitud proporcional a los beneficios que ha conferido a la humanidad en general, y al realce en que ha puesto a Inglaterra en particular.

Que uno que no es una autoridad reconocida o un experto en literatura deba abordar la solución de un problema que ha desconcertado a los especialistas, debe sin duda parecer como un acto flagrante de temeridad; mientras que pretender haber en realidad resuelto este rompecabezas de inmensa trascendencia, parecerá a algunos una total alucinación. Un poco de reflexión, sin embargo, debería bastar para convencer a cualquiera que el problema no es, en el fondo, puramente literario. Es decir, su solución no depende del todo del grado de conocimiento literario del investigador, ni de la calidad de su juicio literario. Esta es probablemente la razón por la que el problema no ha sido resuelto hasta ahora. Ha sido dejado principalmente en las manos de literatos, mientras que la solución requería de la aplicación de métodos de investigación que no son, estrictamente hablando, literarios. La imperfección de mi propio aparato crítico literario, de la cual estaba muy consciente, no era razón, por lo tanto, para no intentar emprender la tarea; y si la evidencia recolectada a favor de cualquier solución propuesta habría de ser tenida por satisfactoria, su validez no debía verse en modo alguno afectada por consideraciones puramente personales concernientes al investigador.

Actué en consecuencia, y formulé planes para la búsqueda del verdadero autor de las obras de Shakespeare. Estos planes fueron delineados antes de tomar cualquier paso, y serán explicados a su debido tiempo. Personalmente, no tengo la menor duda de que han tenido éxito. Si soy capaz de presentar el caso de manera de establecer una convicción igual de fuerte en las mentes de otros, eso es, desde luego, un asunto completamente distinto. La fuerza de una convicción se debe, frecuentemente, en la misma medida a la manera en que la evidencia es presentada, tanto como a su valor intrínseco. Por ejemplo, cuando una teoría, que hemos formado a partir de una consideración de ciertos hechos, nos conduce a suponer que ciertos otros hechos existirán, el descubrimiento posterior de que los hechos están realmente en concordancia con nuestras inferencias se vuelve una confirmación mucho más fuerte de nuestra teoría que si hubiéramos sabido esos hechos adicionales desde el comienzo. Declaramos este principio en asuntos de ciencia cuando afirmamos que la suprema prueba y evidencia de la solidez de una teoría científica radica en su poder de permitirnos predecir ciertos eventos como consecuencia de otros. Por lo tanto, la manera en que se ha llegado a ciertos hechos e ideas se vuelve en sí misma un importante elemento de la evidencia, y es esta consideración la que ha decidido, para mí, el método más apropiado para presentar el caso.

Aunque es imposible conducir las mentes de otros exactamente por los mismos procesos a través de los cuales uno ha arribado a sus propias creencias, me ha parecido que en esta instancia un intento similar debería ser hecho con el fin de que el lector, al ver cuán fácilmente los particulares recientemente descubiertos se han organizado en un orden claro alrededor de una hipótesis original, puede venir a sentir algo de la misma certeza que estas cosas han producido en mi propia mente. De hecho, alguna de la evidencia más convincente se presentó luego de que mi teoría de la autoría ya había asumido la forma de una convicción asentada; y, de hecho, después de que esta obra ya estaba virtualmente completada, haciéndome, en consecuencia, prácticamente imposible el dar pie atrás en ella. Para otros, sin embargo, que podrían verla solamente en la masa general de la evidencia acumulada, no les impactaría con la misma fuerza y convicción. Estas consideraciones han hecho que me decida a presentar el caso ajustándome lo más posible a una representación de las varias etapas a través de las cuales la pesquisa fue llevada a cabo, la manera en que la evidencia fue recolectada, y los procesos por los cuales una corroboración acumulativa transformó una teoría en una irresistible convicción.

Lo que a primera vista podría parecer una morosa descripción de un método debería, por lo tanto, ser vista en sí misma como una forma de evidencia. Yo entonces solicitaría que fuera considerada de ese modo, y que lo que de otra manera sería visto como una intrusión indecorosa de la personalidad, sea excusada en consecuencia.

La indulgencia del lector debe ser invocada también en otro asunto. Los primeros pasos de la investigación, llevada a cabo de acuerdo con el método que tuve que adoptar, fueron inevitablemente lentos, y esto puede conllevar una cierta medida de tedio en las etapas introductorias de una exposición que siga esas directrices. Aun así, sin una atención paciente a las variadas etapas de la investigación, la unidad y la contundencia del argumento como un todo puede perderse. Aunque estas páginas están dirigidas al lector en general en lugar de a los académicos literarios, estoy obligado a asumir, por parte del lector, un serio deseo de descubrir la verdad y una disposición a tomarse la molestia de llegar a ella. Especialmente debo pedir aquella concentrada reflexión individual, por medio de la cual es la única manera de que las varias partes del argumento puedan ser vistas como un todo; una práctica que —me temo— es un tanto extraña a la mente puramente literaria.

En uno o dos casos, sin duda he hecho uso de libros que son algo raros; de hecho, el capítulo más crítico de la obra depende enteramente de un libro cuyas copias no están fácilmente disponibles para todo el mundo. No obstante, se verá que nada importante en el argumento descansa sobre datos recientemente desenterrados. Todo ha estado al alcance, durante años, de cualquiera que hubiera estado atento a los hechos y dispuesto a tomarse la molestia de verificarlos. Incluso donde los juicios personales constituyen elementos importantes en la evidencia —como es natural en investigaciones de esta índole—, el caso se ha hecho descansar, en casi cada etapa crítica, no solo en mi propio juicio, sino en las declaraciones de escritores de reconocido prestigio y autoridad, cuyas obras han estado desde hace tiempo a disposición del público. En la mayoría de los casos, se verá que las autoridades citadas son escritores de la escuela estratfordiana. Por grandes que sean mis obligaciones con la obra de sir George Greenwood, me he abstenido deliberadamente de citarla en muchos lugares donde podría haberlo hecho con provecho para mi propio argumento, prefiriendo en cambio apoyarme en la autoridad de escritores de la escuela opuesta. Hasta qué punto estos escritores respaldan mi tesis, confío en que será evidente en lo sucesivo. Siendo así, podría preguntarse con razón: ¿cómo es que el descubrimiento que aquí se reclama no se ha hecho antes? La respuesta a esta pregunta puede hallarse en la historia de casi todos los grandes avances logrados por la humanidad. Los hechos fundamentales de sus descubrimientos han sido, por lo general, bien conocidos durante algún tiempo antes. Lo que ha sido de especial importancia ha sido la percepción —a veces puramente accidental— de una relación entre esos hechos que hasta entonces no se había advertido. Una vez detectada, sin embargo, otros hechos han quedado agrupados y coordinados a su alrededor; y el descubrimiento resultante —que probablemente la humanidad había esperado largo tiempo— aparece al fin tan natural y evidente, que los hombres se maravillan de que no se les hubiera ocurrido antes. Esto puede considerarse un compendio del proceso de descubrimiento humano en general.

En casi todos esos casos ha habido un movimiento preparatorio hacia el descubrimiento; un movimiento en el que han participado muchas mentes; y aquel que ha tenido la fortuna de lograr el hallazgo ha sido con frecuencia, en aspectos importantes, inferior a aquellos cuyo trabajo previo hizo posible su éxito. Ahora bien, no tengo duda de que el estudio shakespeariano, en los últimos años, ha avanzado de manera segura hacia el descubrimiento del verdadero autor de las obras. Puedo discernir dos corrientes distintas de interés literario que, a mi parecer, estaban destinadas, en última instancia, a converger y, al hacerlo, revelar la autoría. La primera de ellas ha sido la tendencia a dejar de lado la antigua concepción de un escritor que crea todo únicamente por el vigor de su imaginación, y considerar en cambio que sus escritos reflejan la personalidad y las experiencias de su autor. El resultado ha sido el surgimiento gradual de una concepción de la personalidad de “Shakespeare” que difiere ampliamente de la figura convencional; una expresión destacada de esta tendencia es la obra de Frank Harris The Man Shakespeare. La segunda corriente, apenas perceptible todavía, ha ido sacando lentamente de la oscuridad, hacia nuestro conocimiento de la literatura y el drama isabelinos, el nombre y la figura de alguien aún del todo desconocido para la gran masa de sus compatriotas. Estos dos movimientos, de haber continuado, contenían en sí mismos la posibilidad del descubrimiento; aunque nadie puede decir cuánto tiempo más podría haberse postergado tal hallazgo.

Lo que tengo que proponer, sin embargo, no es un descubrimiento accidental, sino uno que resulta de una búsqueda sistemática. Y fue a la naturaleza del método, combinada con una feliz inspiración y una afortunada casualidad, a lo que se debió haber alcanzado los resultados aquí descritos.

Al presentar una tesis cuya fuerza debe depender en gran medida de la convergencia de varias líneas de argumentación separadas, cierta cantidad de repetición de hechos particulares es inevitable, y en este punto he preferido correr el riesgo de una reiteración innecesaria antes que ofrecer una exposición incompleta de cualquier argumento en particular. Espero que no se pase por alto la razón de tal repetición. Mi objetivo ha sido resolver un problema importante y no aumentar la producción de literatura; por tanto, toda consideración meramente literaria ha quedado subordinada al propósito central.

Queda por mencionar otro punto que afecta la presentación general del argumento. Tal como fue escrita originalmente, la obra no contenía un examen especial del estratfordianismo, sino únicamente observaciones incidentales dispersas a lo largo de los distintos capítulos. Mi impresión era que ya se había escrito lo suficiente al respecto; que, aun sin una prueba absoluta en sentido negativo, los antiestratfordianos habían establecido su caso, y que lo que se necesitaba no era más evidencia, sino una atención seria a lo que ya se había escrito y, sobre todo, una hipótesis positiva y razonable para poner en lugar de la antigua. Desde este punto de vista, parecía posible comenzar mi argumento en el punto donde otros lo habían dejado. Sin embargo, fui aconsejado por amigos, más capaces que yo para juzgar las necesidades de los lectores, que completara mi argumento en sí mismo, presentando antes que nada el caso de la visión negativa, despejando así el camino para mis propias investigaciones especiales. Este cambio de plan está destinado a implicar lo que en varios casos podría parecer una repetición innecesaria y hasta caprichosa, y tal vez interfiera con la unidad del esquema constructivo de la exposición. Sin embargo, exhortaría al lector a no detenerse demasiado en aquellas cosas que están destinadas a desaparecer, sino a avanzar hacia la consideración de aquellos asuntos que, si hay verdad en mi tesis, perdurarán al menos mientras el idioma inglés sea comprendido.

© de la trad: A. Peña, 2025

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