Capítulo VII
Edward de Vere como poeta lírico
Al pasar de un examen de la obra de Shakespeare a la búsqueda del propio hombre, tomamos la poesía lírica como punto de partida y consideración crucial para intentar establecer su identidad. Del mismo modo, al invertir el proceso, es decir, al proceder a priori desde Edward de Vere hacia la obra de Shakespeare, —que debe constituir la sección más larga y decisiva del argumento— comenzamos nuevamente con la poesía lírica. Tomamos la poesía lírica de Edward de Vere y vemos hasta qué punto justifica la teoría de que él sea el verdadero “Shakespeare”.
Hasta ahora hemos tenido ante nosotros un solo poema y algunas líneas sueltas de Oxford, apoyadas por el testimonio del Dictionary of National Biography. Se hace necesario, antes que nada, obtener más testimonios sobre sus dotes y características poéticas, y luego ver hasta qué punto otros de sus poemas justifican que se lo elija como autor de la obra de Shakespeare.
En la Cambridge History of English Literature (vol. iv, p. 116) —la sección está escrita por Harold H. Child, antiguo becario de Brasenose, Oxford— aparece la siguiente referencia a una colección de poemas llamada The Phoenix’ Nest: “El conde de Oxford tiene una encantadora pieza lírica”. La mayoría de los otros colaboradores son simplemente enumerados. A Oxford, sin embargo, se lo distingue con un cumplido especial.
Llamamos también la atención sobre los siguientes extractos de la History of English Poetry (vol. ii, pp. 312-313) de W. J. Courthope, C.B., M.A., D.Litt. (profesor de poesía en la Universidad de Oxford):
“Edward de Vere, decimoséptimo conde de Oxford, . . . gran mecenas de la literatura. . . . Sus propios versos se distinguen por su ingenio . . . y concisión sutil. . . . Su cuidada armonía y precisión estilística resulta notable. . . . No solo poseía ingenio, sino que era causa de ingenio en otros. . . . Sin duda estaba orgulloso de su ilustre linaje. . . . Era cuidadoso, al menos en verso, de conformarse a los requisitos externos de la caballerosidad, pero en años posteriores su gusto por el epigrama parece haber prevalecido sobre sus sentimientos caballerescos”.
Es interesante notar, de paso, que se lo describe con las mismas palabras que Shakespeare pone en boca de Falstaff: “I am not only witty in myself but the cause that wit is in others” (Henry IV, Parte II, I, 2).
En otro pasaje de la misma obra se nos dice que los littérateurs de la corte estaban divididos en dos partidos: uno encabezado por Philip Sidney y el otro por el conde de Oxford, “un gran favorecedor de los eufuistas y él mismo un poeta de cierto mérito en el refinado estilo italiano de la corte”. Esta rivalidad entre Philip Sidney y el conde de Oxford toca nuestro problema muy de cerca y habrá de ser mencionada más adelante. Por ahora es importante porque da testimonio de la eminencia poética reconocida de Oxford y de sus afinidades italianas. También sirve para recordarnos que fue a Oxford a quien Lyly dedicó su Euphues and his England, lo que ofrece una explicación suficiente para esa familiaridad con el eufuismo que se observa en Shakespeare si, como sostenemos, Oxford fue Shakespeare; pero que resulta muy difícil de explicar en el caso de William Shakspere de Stratford.
Queda además otro hecho notable relacionado con estas referencias al conde de Oxford en la obra del profesor Courthope. Se recordará que tomamos la forma de la estrofa en Venus and Adonis como nuestra primera guía en la investigación. Pues bien, el profesor Courthope cita tres estrofas distintas de la obra de Oxford, y todas ellas son idénticas a las de la Venus de Shakespeare y al poema de Oxford sobre “Las mujeres”, que nos dio nuestro primer punto de contacto. El poema con el que dimos, por tanto, no fue un esfuerzo aislado en esa forma particular de versificación. Era una forma familiar y practicada en la que él evidentemente sobresalía, tal como se había observado en el caso de Shakespeare.
Al recopilar pruebas sobre la eminencia poética de De Vere, resulta especialmente apropiado añadir el testimonio de un poeta tan eminente como Edmund Spenser, segundo solo después de Shakespeare en aquella era poética. En la serie de sonetos con los que él introduce la Reina de las Hadas, hay uno dirigido al conde de Oxford, en el que aparece el siguiente pasaje:
“La gloria antigua de tu linaje,
(...)
Y también tu propia y larga memoria viva
Siguiéndolos en verdadera nobleza,
Y también, por el amor que tú profesas
A los ‘hijos de Helicón’,[las musas] (...) y ellos a ti.
Ellos a ti, y tú a ellos muy querido.”
Por valioso que sea el testimonio que hemos citado, no nos exime de la necesidad de conocer los poemas mismos y de someterlos a un examen muy cuidadoso, pues esto debe constituir el núcleo de una gran parte de la investigación futura. Es muy de lamentar, por tanto, que estos poemas no hayan estado fácilmente accesibles para todos. En su mayor parte han estado dispersos entre varias antologías; un modo de publicar poesía característico de la época isabelina. Sin embargo, el Dr. Grosart, en 1872, reunió todos los poemas reconocidos del conde de Oxford que se conservan y los publicó en la Fuller Worthies’ Library. Algunos de estos poemas habían aparecido en antiguas antologías, otros solo habían existido en manuscrito y fueron publicados por primera vez por el Dr. Grosart. Es deseable, por tanto, que todos los interesados en la literatura inglesa puedan dentro de poco disponer de la colección completa. Hay, en total, solo veintidós poemas breves (el Dr. Grosart los numera hasta veintitrés, pero el número ocho está omitido) y la introducción biográfica es posiblemente la más breve con que jamás se haya presentado al mundo una colección similar. Sin embargo, explica su propia brevedad y es de gran importancia desde el punto de vista de esta investigación. “Una sombra no levantada,” comenta, “se cierne sobre su memoria. Park, en su edición de Autores Reales y Nobles, ha hecho lo máximo que ha podido, pero ese máximo es exiguo.” “Nuestra colección de sus poemas,” concluye, “proporcionará, creemos, una grata sorpresa a la mayoría de nuestros lectores. No carecen de toques del verdadero Cantor y hay en ellos una atmósfera de gracia y cultura que resulta muy grata.”
Ya hemos mencionado, en el capítulo donde describimos la búsqueda, los testimonios contemporáneos de Meres, Puttenham y Webbe, así como el de una autoridad moderna: Sir Sidney Lee. Meres y Puttenham tratan especialmente de su preeminencia dramática, mencionándolo entre los “mejores en comedia.” Dejando esto de lado y limitándonos a sus credenciales líricas, podemos resumir el asunto así:
Contemporáneos:
-
Edmund Spenser.
Muy querido por las Musas. -
Webbe.
El mejor de los poetas cortesanos. En los raros artificios de la poesía, el más excelente entre todos.
Modernos:
-
Sir Sidney Lee.
Corrobora la afirmación de Webbe: gran belleza lírica. -
Profesor W. J. Courthope, C.B., M.A., D.Litt.
Conciso, ingenioso, epigramático; líder de un grupo de poetas. -
Cambridge History of English Literature (Harold H. Child).
Encantador. -
Dr. Grosart.
Gracioso, culto, verdadero cantor.
Al revisar las notas anexas a los poemas individuales de la colección del Dr. Grosart, encontramos que estos poemas cumplen una condición muy importante que, desde el principio, imaginamos que pertenecería al trabajo lírico que Shakespeare podría haber publicado con su propio nombre. A pesar de la habilidad excepcional que demuestran, y de varias características auténticamente shakesperianas, son en su mayor parte poemas tempranos. Muchos de ellos se sabe que existían cuando el autor tenía unos veintiséis años. Cuánto tiempo antes de esa fecha ya existían, o cuántos otros que no están atestiguados también pudieron haber existido entonces, no lo podemos decir. La mayoría de los demás —y es solo una colección pequeña desde el comienzo— lleva pruebas internas inconfundibles de pertenecer al mismo período temprano. Además, de De Vere se dice que es “el mejor de los poetas cortesanos de la primera parte del reinado de la reina Isabel.” Sin embargo, como vivió hasta el final del reinado, y hasta el reinado de Jacobo I, es evidente que la poesía por la que es célebre se considera perteneciente a su juventud. Una corroboración directa de esta teoría se encuentra en el siguiente pasaje de Historical Collections of Noble Families de Arthur Collins, publicado en 1752: “Él (Edward de Vere) fue en sus días de juventud un excelente poeta y comediante, como lo mostraron varias de sus composiciones que se hicieron públicas; las cuales, supongo, ahora están perdidas o deterioradas.”
Ahora bien, el supuesto con el que partimos era que si encontrábamos escritos bajo el verdadero nombre del autor de las obras de Shakespeare, serían principalmente sus trabajos tempranos, publicados antes de asumir un seudónimo. Al examinar esta poesía temprana de De Vere se hace imposible creer que un escritor dotado del genio que manifiestan estos versos pudiera haber dejado de producir obras al comienzo de su madurez, a menos, por supuesto, que hubiera abandonado de repente sus intereses literarios y dirigido sus energías hacia otro ámbito. Con De Vere, sin embargo, la continuidad, o más bien la intensificación de sus intereses literarios en años posteriores está ampliamente probada. Compartía la vida bohemia de los hombres de letras; dirigía su propia compañía de actores; se entendía perfectamente que algunas de las obras que representaban eran de su propia pluma; y aunque se dice de él que era “el mejor en comedia,” también se nos dice que “ninguna de sus obras ha sobrevivido”: que se han “perdido o deteriorado.”
La cantidad real de poesía que se reconoce como suya es la que alguien con tal talento podría haber escrito en un solo año, aunque su contemporáneo dice que “en los raros artificios de la poesía puede ser considerado el más excelente entre todos.” Es evidente, por tanto, que en Edward de Vere tenemos a un escritor tanto de drama como de poesía lírica que publicó con su propio nombre solo una pequeña parte de lo que produjo, independientemente de cómo haya dispuesto del resto. Este punto recibirá una mayor corroboración cuando lleguemos a tratar la relación del poeta Spenser con nuestro problema. Todo apunta a que, después del primer período de producción poética, él mismo echó deliberadamente un velo sobre su obra posterior, mientras que en “Shakespeare” tenemos a un escritor que, con toda razón, suponemos que asumió el anonimato en su madurez, comenzando con un poema elaborado y altamente acabado de unas doscientas estrofas. Estos dos hechos por sí solos, en una obra de carácter tan excepcional —si no son simplemente las dos caras de una misma moneda— constituyen por sí mismos una de las coincidencias más notables en la historia de la literatura. Cuando a esto añadimos el hecho de que las fechas en ambos casos encajan exactamente con la teoría de que una obra es solo la continuación de la otra —siendo Oxford, como se ha señalado, de unos cuarenta años cuando comenzaron a aparecer los dramas shakesperianos, y habiendo llenado el tiempo intermedio con las experiencias necesarias para poder producir esos dramas—, es difícil resistir la convicción, solo con base en esto, de que en realidad se trata de un único escritor.
Y, en lo que respecta a ese misterio que atribuimos a Shakespeare, debe admitirse que la súbita desaparición de obras de una pluma como la de De Vere es tan misteriosa como la posterior aparición de los poemas y dramas de “Shakespeare”.
Ahora bien, aunque la autoridad que hemos citado en favor de la eminencia poética de Edward de Vere pueda parecer amplia, es necesario, sin embargo, tener una precaución especial con respecto a ella. Suponiendo que él sea el autor de las obras de Shakespeare, todavía será necesario distinguir entre su trabajo como Edward de Vere y su trabajo como “Shakespeare”. El primero pertenece principalmente a su juventud, y el segundo a su madurez; debemos, por tanto, esperar una diferencia correspondiente en las obras. Cuán vasta puede ser la diferencia entre el estilo literario temprano y el tardío de un hombre puede verse al contrastar los primeros ensayos literarios de Carlyle con Sartor o con su French Revolution. No debemos, por tanto, esperar encontrar a Oxford clasificado de manera espontánea junto a Shakespeare; especialmente porque la obra shakesperiana es principalmente dramática, mientras que no poseemos ni un solo fragmento de obra dramática publicada bajo el nombre de Oxford. Todo lo que tenemos derecho a esperar es una marcada correspondencia en el ámbito de la poesía lírica y una promesa razonable de la obra shakesperiana en general. De estas tenemos al menos alguna evidencia, en los versos ya citados y en el testimonio que los expertos han ofrecido sobre las cualidades distintivas de su poesía.
Hay, sin embargo, otro hecho muy importante que debe tenerse en cuenta. Entre la época en que Edward de Vere produjo sus primeros poemas y el período de producción de los dramas shakesperianos (aproximadamente el intervalo entre 1580 y 1590), se había producido un cambio muy marcado en el carácter de la literatura inglesa en general. La naturaleza de este cambio puede comprenderse mejor a partir del siguiente pasaje de Life of Spenser de Dean Church:
“Los diez años de 1580 a 1590 presentan… un panorama de la poesía inglesa cuyo carácter general, aunque hay destellos de una mejor esperanza…, es de debilidad, absurdo fantástico, afectación y mal gusto. ¿Quién podría suponer lo que se estaba preparando bajo todo eso? Pero el amanecer estaba cerca.”
Durante los siguientes diez años, 1590-1600, “estalló de repente una nueva poesía que, con su realidad, profundidad, dulzura y nobleza, cautivó al mundo. Las aspiraciones poéticas de los ingleses de la época habían encontrado por fin intérpretes adecuados y su propia expresión nacional e inigualable.”
Este cambio fundamental, entonces, se estaba gestando en Inglaterra entre la época en que Edward de Vere produjo su poesía temprana y el momento en que aparecieron los dramas shakesperianos. Tal cambio en la literatura nacional debemos, naturalmente, esperar que se refleje en cierta medida en sus escritos. Las raíces del asunto pueden, sin embargo, ser aún más profundas que esto. Al establecer el contraste entre los dos períodos, Dean Church cita la Defense of Poesie de Philip Sidney como representante del período más temprano y débil, y a los “rudos teatros, con sus grupos de actores, la mayoría de ellos disolutos y desprestigiados” como la fuente del movimiento posterior y más vigoroso.
Ahora bien, los diez años mencionados por Dean Church corresponden en general a lo que llamaremos el período intermedio de la vida de Edward de Vere como escritor. Es el período que sigue inmediatamente a su primera producción poética, y fue durante estos años que estuvo en asociación activa y habitual con estos mismos grupos de actores, mientras que el tercer período de su vida coincide exactamente con la repentina explosión de los grandes dramas shakesperianos. En su primer período literario es el jefe reconocido de un grupo de poetas cortesanos y el rival de Philip Sidney. En cuanto a quiénes eran sus compañeros, hay muy poca información disponible. Si, sin embargo, comparamos su poesía con la obra de Sidney, solo podemos explicar que Sidney fuera considerado en algún sentido un rival por el hecho de que el estilo débil y afectado de Sidney estaba de moda en ese momento. Lo que distingue la obra de Oxford de la poesía contemporánea es su fuerza, realidad y auténtico refinamiento. Cuando Philip Sidney aprendió a “mirar en su corazón y escribir”, lo único que demostró fue que finalmente había aprendido una lección que su rival le había estado enseñando. El lector podrá o no estar de acuerdo con las ideas y sentimientos expresados por Oxford, pero no podrá negar que cada verso escrito por el poeta es una expresión directa y real de sí mismo en términos a la vez enérgicos y precisos, y no un mero reflejo de alguna pose de moda. Incluso en estos primeros años fue el pionero del realismo en la poesía inglesa. En su período intermedio fue una fuerza principal en esos círculos dramáticos de los que iba a surgir esa literatura realista tan acertadamente caracterizada por Dean Church; de modo que, quienquiera que haya sido el verdadero autor de la obra de Shakespeare, esa obra representa el triunfo del espíritu de De Vere en la poesía sobre el movimiento que reclamaba a Sidney como su líder. Será también el triunfo de sus concepciones maduras sobre su conformidad juvenil con los estándares convencionales, en la medida en que pudo haberse conformado con ellos; cierta medida de esa conformidad es casi inevitable en la juventud.
Ya hemos tenido que señalar su impaciencia bajo toda clase de restricciones impuestas por la artificialidad de la vida cortesana y su marcada inclinación hacia aquella sociedad bohemia dentro de la cual se agitaban las fuerzas enérgicas que pugnaban por la realidad, mezcladas con mucho de lo corrupto tanto en la vida como en la literatura. Habiendo sido preeminente entre los poetas líricos en sus primeros años, y prominente en el movimiento dramático de su período intermedio, él es el representante natural —y probablemente incluso la encarnación personal y la fuente original— de la transición mediante la cual la poesía lírica de los primeros días de la reina Isabel se fusionó en el drama de los últimos años de la reina, y del propio De Vere; y antes de morir fue testigo del comienzo del declive de ese gran florecimiento dramático y literario. Creemos que estos hechos tienen una profunda significación en relación con el problema que tenemos ante nosotros.
Cuando el material necesario sea fácilmente accesible al público, debería ser posible leer estos versos de De Vere junto a otros poemas contemporáneos que aparecen en los volúmenes del Dr. Grosart. Entonces sus cualidades distintivas se harán más evidentes que nunca. Los poemas de Sir Edward Dyer, Lord Vaux, el conde de Essex y otros, tales como se encuentran en la Fuller Worthies’ Library, aunque de ningún modo mediocres o despreciables, carecen del carácter distintivo de la poesía de De Vere y no logran captar ni retener la atención de la misma manera que estas primeras producciones del conde de Oxford. Ese estilo epigramático y conciso, sobre el que todos los lectores comentan, es el índice de una mente que ve las cosas con contornos nítidamente definidos y que se aferra firmemente a las realidades, lo cual se ve aún más favorecido por un dominio completo de los recursos del lenguaje empleado, de modo que las ideas no tienen que abrirse paso a la fuerza a través de nubes de palabras.
Si a estas cualidades añadimos una intensa sensibilidad a toda clase de impresiones externas y una capacidad de respuesta apasionada, puesta al servicio de percepciones intelectuales claras, habremos captado los rasgos más sobresalientes de la mentalidad de De Vere. El resultado es la producción de poemas que impresionan la mente con un sentido de unidad. Las ideas se cohesionan, siguiendo unas a otras en una secuencia natural, y dejan en la mente del lector una sensación de plenitud y acabado artístico.
Que esta concinnity —esta armonía y coherencia estilística— sea característica de la mente y la obra de Shakespeare no necesita insistirse hoy en día. Es una de las marcas distintivas de los sonetos individuales de Shakespeare y, tememos, una característica mucho más rara en los poemas reflexivos de lo que debería ser; su ausencia es responsable de esa sensación desconcertante de “salto” que con tanta frecuencia se experimenta al leer obras de este tipo. En este aspecto de cohesión y unidad, ciertamente no hemos encontrado ninguna correspondencia similar entre Shakespeare y ninguno de los muchos poetas isabelinos cuya obra nos hemos visto obligados a leer en el curso de esta investigación, ni con ningún otro poeta con el mismo vasto rango de sentimientos que va desde el encantador poema lírico de amor hasta los versos violentamente apasionados.
Además, como no hay atmósferas nebulosas en las imágenes que una mente así emplea y no se desperdician palabras en tratar de definir, obtenemos una auténtica riqueza de imágenes presentadas a la mente en rápida sucesión. Al leer los poemas de De Vere, como al leer las obras de Shakespeare, uno vive en un mundo de símiles y metáforas. En ambos casos hay una abundancia de alusiones clásicas apropiadas; pero esto se mezcla armoniosamente con una riqueza igual de ilustraciones tomadas de experiencias comunes y de lo que parecen ser las ocupaciones personales de la vida.
Posiblemente relacionado con estas cualidades mentales está la conciencia del color que se observa en ambos grupos de escritos. También está la sensibilidad asociada hacia las flores, siendo las favoritas en ambos casos el lirio, la rosa y la violeta.
Pasando de estos indicios mentales al tema de las disposiciones morales, encontramos en los poemas la huella de un carácter muy superior al que uno podría deducir tanto de la biografía en el Dictionary of National Biography como de las referencias dispersas a él en otras obras. Además, junto con los poemas de la colección del Dr. Grosart, existe una carta escrita por el conde de Oxford y adjunta a uno de los poemas, que nos ofrece un vistazo a la naturaleza del hombre mismo tal como era en esos primeros años. Fuera cual fuera la pose que creyera oportuno adoptar al tratar con algunos de los hombres de la corte de Isabel, esta carta da amplio testimonio de la generosidad y amplitud de su disposición, de la claridad y sobriedad de su juicio, y de la hombría esencial de sus acciones y su comportamiento hacia los hombres de letras que consideraba dignos de estímulo. Sus poemas pueden reflejar en cierta medida los manierismos de su época, pero en la carta vislumbramos al hombre mismo; y si llega a ser aclamado como Shakespeare, esta carta será un tesoro invaluable como la primera —y quizás la única— carta shakesperiana relacionada con asuntos literarios y redactada en forma literaria, si exceptuamos las dedicatorias de sus poemas a Southampton. Los fragmentos que obtenemos de las cartas de Oxford en los Calendered State Papers y otros manuscritos contemporáneos tienen en general un tono formal y de negocios, con solo destellos ocasionales de estilo poético o literario.
Como carta es, por supuesto, prosa; pero es la prosa de un auténtico poeta: su “ingenio conciso”, su abundancia de lenguaje figurado e incluso su cualidad musical están casi tan marcados como en sus versos. A continuación reproducimos algunos pasajes, pidiendo al lector que considere que el autor tenía solo veintiséis años cuando la carta fue publicada. Se refiere a una traducción que le había sido enviada, aparentemente no pensada para su publicación, pero que fue publicada por sus órdenes —presumiblemente, por lo tanto, a su costa—:
Después de haber leído vuestras cartas, buen maestro Bedingfield, y hallando en ellas vuestra petición tan diferente del merecimiento de vuestro trabajo, no pude sino dudar grandemente si sería mejor para mí acceder a vuestro deseo o ejecutar mi propia intención respecto a la publicación de vuestro libro.
Al fin determiné que sería mejor negar vuestra solicitud —a mi parecer, poco lícita— que consentir en sepultar en silencio una obra tan digna. Pues, así como vos os habéis aprovechado con la traducción, así muchos podrán cosechar provecho con la lectura.
¿Qué gana un hombre con tener un tesoro de oro guardado para siempre en sus cofres, sin emplearlo jamás en su uso? No dudo que penséis lo mismo de vuestros estudios y de vuestras Musas deleitosas. ¿Qué aprovechan si no los compartís con otros? ¿Qué gana la vid si nadie goza de su racimo? ¿Qué la rosa, si nadie se deleita con su fragancia?
¿Por qué ha de ser tenido un hombre en estima más que otro, sino por su virtud, por la cual cada uno desea ser reputado? Y, en mi opinión, así como hermosean las perlas y las piedras preciosas a una mujer hermosa, así mucho más hermosean al caballero las virtudes refulgentes que adornan su mente.
Por lo cual, considerando el pequeño daño que os hago a vos, y el gran bien que hago a otros, antepongo mi propósito de dar a conocer vuestro libro a vuestro deseo de ocultarlo. Y en esto puedo pareceros semejante a aquel médico diestro y experimentado que, viendo al paciente enfermo de dudas e irresolución —por lo cual quiere sepultar en la tumba del olvido su obra—, no vacila en negarle tal capricho, pues sabe que al descubrirla erigirá para él tal monumento, que en vida podrá ver cómo la noble sombra de su virtud habrá de permanecer cuando él haya partido de este mundo.
Así pues, os ruego encarecidamente que no os opongáis a que se publique lo que con tanto empeño habéis compuesto.
Vuestro afectuoso y seguro amigo,
E. OXENFORDE
Pedimos a nuestros lectores que se familiaricen a fondo con la dicción de esta carta, y luego lean la dedicatoria de Venus and Adonis. Tan similar es el estilo que apenas es necesario hacer concesión alguna por los diecisiete años transcurridos entre ambos textos.
Así, mientras lo encontramos dirigiendo altos elogios a un hombre de letras del cual no podía esperar beneficio alguno, en una época en que otros escribían elogios extravagantes a la reina, no tenemos ni una sola línea de poesía de la pluma de Oxford dedicada a alimentar la vanidad real, y esto a pesar del alto lugar que indudablemente ocupaba en la estima de la reina y de la indulgencia con que ella miraba lo que a otros les parecía una provocativa obstinación de su parte. Esta ausencia de cumplidos a la realeza es también característica de la obra shakesperiana y ha sido motivo de frecuentes comentarios sorprendidos.
Al revisar el capítulo en su conjunto, se reconocerá que al notable conjunto de semejanzas que tratamos en el capítulo anterior, debe ahora añadirse un conjunto igualmente notable de correspondencias en la situación literaria general y en las características principales de los escritos de Shakespeare y de De Vere. Y cuando se valore debidamente la autoridad de las fuentes citadas, se concederá fácilmente que, sea lo que fuere que pueda decirse del resto del argumento, no puede sostenerse que, al tratar la cuestión de los honores shakesperianos, estemos invitando al público a considerar las pretensiones de alguien que pueda ser descartado a la ligera, como si estuviera de algún modo “fuera de competencia.”
© de la trad: A. Peña, 2025
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