Capítulo VI

Las condiciones cumplidas

Como será necesario discutir la vida y el carácter de Edward de Vere desde un punto de vista totalmente diferente al del artículo de Sir Sidney Lee en el Dictionary of National Biography, y además añadir detalles procedentes de otras fuentes, por el momento, para evitar toda repetición innecesaria, simplemente señalaremos las numerosas instancias en las que el retrato coincide con la descripción del hombre que hemos estado buscando.

Aunque no se nos da mucha información sobre en qué consistía su “excentricidad”, más allá del despilfarro de su patrimonio, la peculiaridad de su vestimenta y su preferencia por sus compañeros literarios y teatrales bohemios, en lugar de la atmósfera artificial e hipócrita de una corte frecuentada por ambiciosos buscadores de poder, está claro que en esos círculos cortesanos se había ganado una reputación como excéntrico y como un hombre aparte. Por lo tanto, cuando se nos dice que sus excentricidades crecieron con los años, podemos interpretar que esta preferencia se acentuó a medida que envejecía; que estuvo cada vez menos en contacto con la convencionalidad social y más profundamente inmerso en sus intereses particulares y en la compañía de quienes compartían sus mismas ocupaciones.

Su impresionabilidad queda atestiguada por su rapidez para detectar un desaire y su disposición a resentirlo, mientras que su evidente sensibilidad hacia los perfumes y las elegancias del vestir —que implicaban, sin duda, una agudeza para los colores— revelan esa finura de los sentidos que tanto contribuye a la extrema sensibilidad general.

Conectado con estos rasgos está su indudable afición y un gusto superior por la música. El tema se menciona dos veces. La primera, en relación con su educación; y por esta referencia parece como si la música no hubiera formado parte del plan educativo que otros habían trazado para él, y que su formación musical fue, por tanto, el resultado de su propia inclinación natural y elección. La segunda referencia es el pasaje citado en el capítulo anterior, del que se desprende que su gusto musical era de un carácter tan pronunciado que mereció mención especial en los registros que nos han llegado, a pesar de su extrema escasez.

Su despreocupación por los asuntos de dinero, y lo que parece una completa indiferencia hacia las posesiones materiales, es sin duda uno de los rasgos más marcados de su carácter. Mientras tuvo dinero para gastar o regalar, o tierras que podía vender para obtenerlo, parece haberlo despilfarrado con prodigalidad; gran parte de él, evidentemente, en hombres de letras y en empresas teatrales. En consecuencia, de ser uno de los nobles más destacados y acaudalados de Inglaterra, terminó encontrándose finalmente en circunstancias económicas difíciles.

Su relación con los actores y con el drama no fue la de un simple mecenas rico, con un interés superficial y pasajero. Fue una actividad en la que estuvo profundamente implicado durante muchos años. Tuvo su propia compañía, con la que realizó giras por las provincias y que también estableció en Londres durante varios años. Se entendía perfectamente que su compañía representaba obras que él mismo producía. Es evidente, además, que se ganó un nombre en la producción de comedias y que la celebridad que alcanzó en este aspecto no provenía solo del público, sino también de los hombres de letras de la época. Por otro lado, nos informa el artículo que “no ha sobrevivido ningún ejemplo de sus producciones dramáticas”, una circunstancia sumamente misteriosa si se considera la inmensa cantidad de obras teatrales, de todo tipo y calidad, que la era isabelina nos ha legado.

Sobre su familia, aprendemos en la primera serie de artículos sobre los De Vere, que trazaba su linaje en línea directa desde la Conquista Normanda y que durante cinco siglos y medio esa línea directa de descendencia masculina no se había interrumpido ni una sola vez. De niño no solo fue una figura destacada en la corte de Isabel, sino que, desde los doce años, fue pupilo real, y puede decirse que fue prácticamente criado en la corte, cerca de la propia reina. El hastío que la vida cortesana le producía parece haberse manifestado muy pronto en su juventud, y realizó varios intentos de liberarse de ella.

Su educación fue conducida, en primer lugar, por tutores privados entre los cuales se encontraban célebres eruditos clásicos. Residió en la Universidad de Cambridge y, finalmente, obtuvo títulos en ambas universidades. Podemos añadir aquí —aunque el artículo no lo menciona— que sus poemas están llenos de alusiones clásicas, que surgen en él con la misma espontaneidad con que a Burns le brotan las imágenes de un ratón de campo, una margarita o un haggis.

Tan intenso era su deseo de viajar que, cuando le fue negado el permiso, desafió a las autoridades y huyó; solo para ser interceptado y traído de regreso. Cuando al fin obtuvo la autorización para salir al extranjero, se dirigió rápidamente a Italia; y tan permanente fue el efecto que su estancia allí tuvo sobre él, que más tarde fue satirizado como un “inglés italianizado”.

El artículo del Dictionary of National Biography da testimonio, por lo tanto, de los siguientes puntos:

  1. Su alto prestigio como poeta lírico.

  2. Su reputación de excéntrico.

  3. Su extrema sensibilidad.

  4. Su falta de afinidad con la vida convencional.

  5. Su madurez (1590) y genio.

  6. Sus inclinaciones literarias.

  7. Su entusiasmo práctico por el teatro.

  8. Su educación clásica y su asociación con los hombres mejor instruidos de su tiempo.

  9. Su pertenencia a la alta aristocracia.

  10. Su linaje feudal.

  11. Su interés por Italia y su conocimiento personal directo del país.

  12. Sus gustos musicales.

  13. Su despreocupación por el dinero.

Cuatro puntos aparecen insuficientemente respaldados en el artículo:

  1. Su interés por los deportes.

  2. Sus simpatías hacia la causa lancastriana.

  3. Su actitud particular hacia la mujer.

  4. Su postura frente al catolicismo.

El punto número dieciocho —el de la falta de reconocimiento— no requiere un tratamiento especial, pues está implícito en el propio problema y en cualquier solución que se proponga.

Antes de proceder al siguiente paso de la investigación, terminaremos esta sección aportando otras pruebas y testimonios sobre los cuatro puntos mencionados anteriormente.

  1. Con respecto al deporte, observamos —y este es realmente el punto que importa— que sus poemas, aunque pocos, dan un claro testimonio del mismo interés. El halcón haggard, el ciervo herido, la liebre, el galgo, el mastín, las redes de caza y el bush-beating aparecen como imágenes en sus versos líricos. Además de esto, notamos que su padre, John de Vere, decimosexto conde de Oxford, quien murió cuando Edward tenía doce años, gozaba de gran reputación como deportista y, hasta su muerte, Edward vivía, por supuesto, con él. El artículo del que citamos por primera vez menciona su interés por aprender a disparar y a montar, de modo que existe abundante evidencia de su familiaridad con aquellos pasatiempos cinegéticos que las obras de Shakespeare ilustran tan ampliamente.

  2. Aunque no se ha encontrado ninguna declaración sobre sus simpatías reales hacia la causa lancastriana, varios autores aseguran que se sentía orgulloso de su antiguo linaje, lo cual, junto con el siguiente pasaje sobre la relación de los De Vere con la causa de Lancaster, puede aceptarse como concluyente en el asunto:

«John, el duodécimo conde (de Oxford), fue proscrito y decapitado en 1461, sufriendo por su lealtad a la línea lancastriana. Su hijo John fue restaurado en su dignidad en 1464, pero él mismo fue proscrito en 1474 a consecuencia del papel activo que había desempeñado en el bando lancastriano durante la restauración temporal de Enrique VI en 1470. (…) Se distinguió como el último de los partidarios de la causa de la rosa roja, que mantuvo en el castillo de St. Michael’s Mount, en Cornualles, durante muchos meses después de que el resto del reino se hubiera sometido a Eduardo IV. (…) Habiendo sido el principal responsable de llevar a Enrique (VII) al trono, fue inmediatamente restaurado en el condado de Oxford y también en el cargo de Lord Chambelán, que disfrutó hasta su muerte en 1513» (Archaeological Journal, vol. 9, 1852, p. 24).

  1. En lo que respecta a su actitud hacia la mujer, el poema ya citado en su totalidad constituye una prueba suficiente de esa falta de fe que hemos señalado como característica de los sonetos de Shakespeare; los términos empleados son casi idénticos a los que Shakespeare usó en sus declaraciones sobre el mismo tema. Esa capacidad de afecto intenso combinada con una debilidad de fe, que es una de las peculiaridades de la mente shakesperiana, no tiene, hasta donde sabemos, un paralelo tan cercano en la literatura como en los poemas de Edward de Vere. No se trata solo de un verso ocasional, sino que es la nota dominante de gran parte de su poesía. De hecho, podríamos decir que probablemente se halla en la raíz de gran parte de la desgracia y el misterio que envolvieron su vida y que, en efecto, podría ofrecer una explicación para la misma existencia del enigma shakesperiano.

Solo cuando estos poemas sean tan accesibles como los sonetos de Shakespeare podrá apreciarse plenamente esta correspondencia mental. Mientras tanto, ofrecemos unos versos tomados de distintos poemas:

«Pues ella a quien tú (él mismo) amas es sin duda tu enemiga mortal.»

«¡Oh cruel destino y dura suerte que me obliga a amar a mi enemiga!»

«Cuanto más buscaba, menos hallaba,
y sin embargo, pretendía ser mía.»

«Que malgasto, con otros, amor
que a mí mismo aborrece.»

«El amor es peor que el odio y, además, ha causado más daño.»

Con estos versos en mente, lo único necesario es leer la última docena de sonetos de Shakespeare para apreciar la identidad espiritual del autor —o autores— en esta conexión particular.

  1. En cuanto al último punto, su actitud hacia el catolicismo, la cita que ya hemos dado de la Short History de Green es todo lo que realmente se necesita. El hecho de que su nombre aparezca al comienzo de una lista de nobles que profesaban estar reconciliados con la antigua fe muestra suficientemente bien sus inclinaciones, de modo que podemos decir de él, como dice Macaulay de Shakespeare, que no era un protestante celoso que escribía para protestantes celosos. Cuando, además, encontramos que su padre había profesado el catolicismo, no es improbable que, por ciertos motivos sentimentales, su inclinación se dirigiera en esa dirección. Además, el catolicismo romano habría sido la religión profesada abiertamente en su hogar durante sus primeros ocho años. También hay evidencia en los State Papers de la época de que los católicos ingleses en el extranjero, en un momento de crisis, esperaban de él y del conde de Southampton apoyo para su causa. Al mismo tiempo, no es improbable que intelectualmente estuviera impregnado del escepticismo que parece haber sido común en los círculos dramáticos de aquel tiempo, pues entre los cargos que le hizo un adversario figuraba el de irreligión: otro incluso le llamó “ateo” (State Papers). El paganismo clásico, el medievalismo y el escepticismo —por contradictoria que parezca esta combinación— pueden rastrearse en él con mucha más facilidad que el protestantismo; y en esto existe una correspondencia general entre su mentalidad y la de Shakespeare.

En todos los puntos, pues, que nos habíamos propuesto examinar al comenzar la investigación, encontramos que Edward de Vere cumple con las condiciones, y la impresión general con que concluimos esta etapa de nuestra indagación es que, si no hemos descubierto realmente al autor de las obras de Shakespeare, al menos hemos dado con un conjunto de semejanzas verdaderamente excepcionales.

Hemos llevado así, en términos generales, la investigación a través de cuatro de sus etapas, y hemos completado la sección a posteriori de nuestro argumento.

Nota.
En los State Papers contemporáneos de Roma hay una lista de la nobleza inglesa, clasificada como (i) católicos, (ii) de inclinaciones católicas, (iii) protestantes. El nombre de Oxford aparece en el segundo grupo.

© de la trad: A. Peña, 2025

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