Capítulo V
La búsqueda y el descubrimiento
“El honor del tiempo es calmar a los reyes contendientes,
desenmascarar la falsedad y sacar la verdad a la luz.”
(Lucrece 135)
En este punto debo pedir al lector indulgencia por un cambio en el método de exposición. Lo que ahora debe exponerse es una experiencia tan personal que, aun a riesgo de parecer egotista, me parece necesario adoptar con franqueza la Primera Persona del Singular. Quizá, a la luz de ciertas admisiones que tendré que hacer, quede claro que habría pocas razones para cualquier egotismo. En cualquier caso, este modo de presentación me parece esencial para el argumento, y con eso, creo, basta como justificación.
Siguiendo el plan con el cual se había emprendido la investigación, ya se había delineado el carácter del autor a partir de un examen de sus obras. El siguiente paso era proceder a buscarlo. El método de búsqueda consistía en seleccionar, de entre los diversos rasgos hallados, aquel que pudiera servir como prueba crucial y criterio de medida, proporcionando la guía más segura. Ahora bien, si hubiese habido alguna probabilidad de que el autor hubiera dejado otros dramas bajo su propio nombre, ese habría sido, sin duda, el mejor camino a seguir. Sin embargo, una breve reflexión me convenció pronto de que no había mucho que esperar en esa dirección; pues los expertos ya han logrado, en gran medida, discriminar entre lo que realmente le pertenece y lo que no, dentro de escritos que durante siglos se habían considerado puramente shakesperianos; y este proceso continúa progresivamente, a medida que se perciben con mayor claridad las cualidades distintivas de su obra. En consecuencia, si hubiesen existido obras teatrales enteras del autor bajo otro nombre, es natural suponer que ya habrían sido reconocidas.
El punto que parecía ofrecer los resultados más prometedores, suponiendo que hubiera dejado otras huellas de sí mismo, era su poesía lírica. Las razones para esta elección ya se han indicado en el capítulo donde se discuten las dotes líricas de Shakespeare. Debía, por tanto, dirigirme a los poetas líricos isabelinos.
Esta decisión marcó la segunda etapa de la investigación; debo proceder ahora a la tercera y más importante, es decir, el trabajo real de buscar al autor.
Si la escasez de mis conocimientos sobre esta área de la literatura en ese momento fue un obstáculo o una ayuda, es imposible decirlo con certeza ahora. Lo cierto es que fue precisamente la imperfección de mi saber lo que determinó el método de búsqueda y, junto con un golpe de suerte, la causa inmediata de cualquier éxito que se haya alcanzado. Además de las obras de “Shakespeare”, solo podía reclamar como conocidos algunos fragmentos de los poemas de Edmund Spenser y Philip Sidney. Fuera de esto, apenas tenía una vaga noción de una vasta y rica región literaria que no había explorado, en la cual muchos nombres aparecían dispersos sin orden ni jerarquía en mi mente.
Lanzarse de lleno a ese territorio inexplorado en busca de un hombre que, por razones puramente poéticas —pues eso lo consideraba esencial—, pudiera ser escogido como el posible autor de los mayores dramas del mundo, parecía al principio una tarea casi desesperada. La única forma de compensar, si acaso, mi falta de conocimientos era adoptar algún sistema definido. Lo que quizá fue un razonamiento defectuoso sirvió en este punto de gran ayuda. Razoné que, al entrar en el camino del anonimato, en el que había realizado la verdadera obra de su vida, el autor probablemente había dejado de publicar por completo bajo su propio nombre; y que, dividiendo su producción en dos partes, hallaríamos el punto natural de contacto entre ambas —el punto donde más probable sería el descubrimiento— justo en el comienzo de su trabajo anónimo. Aquí el propio poeta acude en nuestra ayuda. Llama a su “Venus y Adonis”, publicada en 1593 bajo el nombre de William Shakespeare, “la primera herencia de mi invención” (véase la dedicatoria al conde de Southampton). Debía, por tanto, tratar de partir de este poema hacia la obra de algún poeta lírico del mismo periodo.
Volviendo a este “primer heredero”, leí varias estrofas con la vaga idea de que la lectura podría sugerirme alguna línea de acción. Mientras leía, con la idea predominante de que se trataba de una obra temprana, guardada en manuscrito durante algunos años y publicada ahora por primera vez, pronto llegué a sentir que la expresión “primer heredero” debía interpretarse de manera algo relativa; siendo posiblemente la primera obra de cierto tamaño, mientras que el autor, en realidad, ya se había convertido en un experto en la forma particular de estrofa que utilizaba. Si no fuera porque “Shakespeare” ha resultado ser una luz demasiado cegadora para los ojos de la mayoría, hace mucho tiempo que habríamos rechazado la idea de que realmente “comenzó” su carrera literaria con una obra tan extensa y acabada como Venus y Adonis. En cualquier caso, la facilidad con que maneja la forma de estrofa empleada en este poema apuntaba a que probablemente la había usado con frecuencia en composiciones líricas más breves. Decidí, por tanto, trabajar primero con la mera forma de la estrofa. Esto puede parecer un método burdo y mecánico para emprender una investigación de este tipo. Era, en cualquier caso, un instrumento sencillo y requería poca destreza para manejarlo. Lo único necesario era observar el número y la longitud de los versos —seis versos, cada uno de diez sílabas— y el esquema de las rimas: rimas alternadas en los cuatro primeros versos, rematando todo con un pareado.
Con esto en mente acudí a una antología de poesía del siglo XVI y la revisé, marcando cada poema escrito con la forma estrófica idéntica a la empleada por Shakespeare en su Venus y Adonis. Resultaron ser muchos menos de lo que había anticipado. Los leí varias veces, familiarizándome con su estilo y contenido, descartando primero uno y luego otro por ser inadecuados, hasta que al final solo quedaron dos. Uno de ellos era anónimo; en consecuencia, me quedé finalmente con uno solo: el siguiente poema sobre “Las mujeres”, de Edward de Vere, conde de Oxford —el único poema de este autor incluido en la antología y también el único suyo que, como noté después, Palgrave ofrece en su Golden Treasury:
Si bellas pudieran ser sin ser volubles,
o si su amor firme y constante fuera,
no extrañaría que, con gestos tan sutiles,
hombres rindieran años en su esfera;
mas al ver cuán frágiles suelen ser,
asombra que el varón las suela obedecer.
Ver cómo eligen y cómo abandonan,
huyendo a veces de Febo hacia Pan,
inquietas aves que jamás entronan,
que de hombre en hombre su vuelo irán;
¿quién no quisiera sacudirlas de la mano,
y dejar que vuelen, necias, sin destino humano?
Mas por pasatiempo halagamos y adulamos,
matando el tedio cuando nada alegra,
las atraemos con juramentos que inventamos
hasta que, hartos de su juego, llega
la hora en que decimos, al ver su fantasía:
¡Jugar con necias, necio de mí sería!
[Hemos optado, en todos los casos, por una traducción en verso libre con el texto original como nota al pie, ya que es más útil para fines analíticos, aunque se pierda la musicalidad del original. (N. del T.)
“If women could be fair and yet not fond, / Or that their love were firm not fickle, still, / I would not marvel that they make men bond, / By service long to purchase their good will, / But when I see how frail those creatures are, / I muse that men forget themselves so far. / To mark the choice they make, and how they change, / How oft from Phoebus do, they flee to Pan, / Unsettled still like haggards wild they range, / These gentle birds that fly from man to man, / Who would not scorn and shake them from the fist / And let them fly, fair fools, which way they list? / Yet for disport we fawn and flatter both, / To pass the time when nothing else can please, / And train them to our lure with subtle oath, / Till, weary of their wiles, ourselves we ease; / And then we say, when we their fancy try, / To play with fools, Oh what a fool was I.”]
Doy este poema íntegro por la importancia que podría tener para la historia de la literatura inglesa si la tesis principal de este tratado llegara a establecerse. Si lo hubiera leído aisladamente, o sin el objetivo particular que entonces me guiaba, es posible que sus cualidades distintivas no me hubieran impresionado del mismo modo. Pero al leerlo junto con una gran cantidad de poesía contemporánea, mientras los ritmos de las estrofas de “Venus” seguían resonando en mi mente, esas cualidades quedaron, por un lado, realzadas por el contraste con otras obras del mismo período y, por otro, resaltadas por el sentimiento de armonía con la obra de Shakespeare. Habiendo, por lo tanto, fijado provisionalmente mi atención en este poema, debía seguir la investigación por la línea que indicaba hasta que esta resultara insostenible.
Aunque la selección fue, en cierto modo, un ejercicio personal de juicio literario, formaba parte del plan original no depender, en ningún momento crítico de la investigación, únicamente de mi propio criterio cuando la cuestión fuera puramente literaria; y como este era un asunto para expertos, debía buscar antes que nada algún tipo de respaldo de las autoridades literarias. Mientras tanto, la elección debía considerarse tentativa. Para quienes son especialistas en la literatura de aquella época puede parecer una confesión de ignorancia colosal cuando digo que, lejos de tener prejuicios a favor de Edward de Vere, aunque debía de haberme encontrado con su nombre en alguna ocasión, nunca me había llamado la atención; y, en lo que respecta a cualquier conocimiento de su personalidad o su historia, o bien nunca lo había tenido o bien lo había olvidado por completo. Tampoco deseaba saber más hasta que la elección hubiera sido debidamente evaluada en términos puramente poéticos. Sabía que el nombre De Vere pertenecía a una casa antigua; recordaba que los condes de Oxford habían aparecido en la historia inglesa en ciertos contextos secundarios; y las fechas del nacimiento y muerte del poeta (1550 y 1604), la única información que ofrecía la antología, concordaban lo bastante bien, por el momento, con la teoría general que yo había formado sobre la producción y publicación de las obras. Tendría unos cuarenta años cuando las obras comenzaron a aparecer y, según la cronología generalmente aceptada, la mayor y mejor parte del trabajo habría llegado al mundo antes de su muerte. Aun así, estas consideraciones podían aplicarse con igual fuerza a otros cuyos poemas figuraban en la colección, y por tanto no debían ejercer un peso indebido en esta etapa.
Al consultar la sección literaria de varios manuales y obras clásicas de historia inglesa —con referencias a la literatura de extensión variable— encontré que todos guardaban un silencio sepulcral respecto al conde de Oxford. El Age of Elizabeth de Creighton tiene un capítulo especial sobre la literatura isabelina, pero ni una sola palabra sobre este poeta en particular. El Queen Elizabeth de Beesly apenas menciona su nombre en una nota al pie de importancia mínima, sin relación alguna con la poesía o la literatura. En conjunto, mi primera impresión fue que se trataba casi de un hombre desconocido. Hasta ese momento, el resultado era desalentador, así que volví a la antología para revisar algunos de los otros poemas. Ninguno parecía tener la misma fuerza shakesperiana que aquel. Además de la identidad en la forma de la estrofa con la de Venus y Adonis, había en él la misma concisión expresiva, la misma compacidad y coherencia de ideas, la misma fluidez en la dicción, el mismo uso idiomático del lenguaje que asociamos con “Shakespeare”; estaba la característica comparación con los halcones y, por último, ese matiz peculiar sobre las mujeres que yo había notado en los sonetos.
Volví entonces a mis libros. Aunque Green, en la parte de su Short History dedicada a la literatura isabelina, no menciona al poeta, encontré en otra sección la siguiente frase. Al hablar de la misión jesuita en Inglaterra bajo Campion y Parsons, escribe: “La lista de nobles reconciliados con la antigua fe por estos apóstoles errantes estaba encabezada por Lord Oxford, yerno del propio Cecil y el más orgulloso entre los lores ingleses.” Fue imposible evitar una cierta emoción al leer estas palabras; pues las primeras pistas sobre el hombre justificaban la elección en dos de los puntos de mi caracterización. Aun así, no era eso lo que estaba buscando de manera inmediata; y hasta que la cuestión vital de su reconocida eminencia lírica quedara resuelta, era importante no dejarse llevar por lo que podía terminar siendo solo una coincidencia engañosa. Todos los demás puntos debían permanecer en reserva, por así decirlo, para aplicarse únicamente cuando sus credenciales líricas hubieran sido debidamente presentadas. Por el momento, pues, todos los recursos disponibles se habían agotado. El siguiente paso debía ser consultar obras más extensas en alguna biblioteca de referencia.
Al consultar el Dictionary of National Biography y dirigirme a la sección de los Vere, o más propiamente de los De Vere, me encontré con un número bastante considerable de ellos. Sin embargo, gracias al nombre de pila y a las fechas, pronto identifiqué al que estaba buscando: Edward de Vere, decimoséptimo conde de Oxford; el artículo estaba escrito por el propio editor de la obra, Sir Sidney Lee.
Quizá este sea el punto más apropiado para señalar que tanto en su biografía de Edward de Vere, en el artículo que estoy a punto de citar, como en su invaluable A Life of William Shakespeare, Sir Sidney Lee —convencido estratfordiano aunque sea— ha proporcionado más material en apoyo de mi argumento constructivo que cualquier otro autor moderno. Aunque difiero ampliamente de sus conclusiones generales, no quiero por ello dejar de reconocer la deuda que tengo con sus investigaciones y opiniones sobre cuestiones importantes de la literatura shakesperiana.
Al recorrer el artículo rápidamente, con la atención centrada en el único aspecto que buscaba, sentí sin embargo cierta emoción al encontrar nuevos datos relacionados con otros aspectos de la investigación. Y entonces aparecieron las siguientes frases, cada una de cuyas palabras, a la luz de la idea que yo me había formado de “Shakespeare”, sonaba como una completa justificación de la elección que había hecho:
“Oxford, a pesar de su temperamento violento y perverso, de su excéntrico gusto por el vestir y de su derroche imprudente de bienes, mostraba un auténtico gusto por la música y escribió versos de gran belleza lírica...
Puttenham y Meres lo cuentan entre los mejores autores de comedias de su tiempo; pero aunque fue un mecenas de actores, no se conserva ninguna muestra de sus producciones dramáticas.
Un número suficiente de sus poemas existe para corroborar el comentario de Webbe de que fue el mejor de los poetas cortesanos en los primeros días de la reina Isabel, y que ‘en los raros artificios de la poesía puede reclamar para sí el título de más excelente entre los demás.’”
Me atrevo a decir que, si únicamente se presentaran los términos aquí utilizados para describir el carácter y la calidad de su obra, sin nombre ni epíteto que los encabezara, a personas que solo supieran que se aplicaban a algún poeta isabelino, asumirían de inmediato que se trataba de Shakespeare. En estas palabras tenemos una opinión contemporánea de que él fue el mejor de esos poetas, y contamos con una autoridad moderna nada menos que Sir Sidney Lee corroborando este juicio a partir del examen mismo de los poemas.
Todo lo que necesitaba, por el momento, en relación con el primer punto, lo había encontrado; y así quedé en libertad para revisar todo el artículo y ver hasta qué punto el conde de Oxford cumplía con las demás condiciones que, según había yo juzgado, correspondían a la autoría de las obras de Shakespeare. Con esta elección, la investigación había pasado a su tercera etapa. La cuarta consistía en poner a prueba la selección con referencia a la caracterización esbozada en la primera fase.
Aunque, en el curso de investigaciones posteriores, han surgido dificultades —como era inevitable—, ninguna de ellas ha planteado objeciones insuperables a la teoría de que Edward de Vere fue el autor de las obras de Shakespeare; mientras que, como veremos, la evidencia a favor de esta teoría ha ido acumulándose de manera constante. También han surgido otros nombres, o han sido propuestos por otros escritores, como posibles alternativas, y no he dudado en examinar tales casos con el mayor cuidado. Sin embargo, en mi opinión, todos ellos han fracasado clara y completamente, y su mismo fracaso no ha hecho sino añadir peso a los argumentos en favor de De Vere. Por regla general, no discuto en detalle esos casos, de modo que el lector se perderá un importante elemento de evidencia negativa. Es de suma importancia, sin embargo, que comprenda con precisión el alcance de las pruebas sobre las que se hizo la elección; pues la gran masa de evidencias que presentaremos más adelante, al haber llegado con posterioridad a esta selección, forma tal secuencia y acumulación de coincidencias que, si se entiende claramente el modo en que fueron descubiertas, solo parece posible llegar a una conclusión.
© de la trad: A. Peña, 2025
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